El informe pelícano

El pelícano blanco americano (Pelecanus erythrorhynchos, que quiere decir pelícano de pico rojo) es un ave muy grande -de 1.20 a 1.80 metros, blanco, con dos listas negras en las alas y un pico anaranjado muy grande y ancho que es quizá su rasgo más distintivo. De la punta de un ala a la punta de la otra, puede llegar a medir tres metros. Su vuelo es parsimonioso, tocado por la gracia y la majestad de las grandes aves. En la edad media el pelícano era el símbolo de la caridad pues se creía que, a falta de comida, se picaba el pecho para dar su sangre como comida a sus crías. En la Catedral de Durham, mi iglesia favorita, el púlpito es un gran pelícano dorado.

Los pelícanos blancos anidan en colonias de cientos de aves en diversos cuerpos de agua dulce de América del Norte, tierra adentro, a diferencia de sus primos, los pelícanos pardos, más de costas y de aguas saladas. Los pelícanos blancos son visitantes comunes de nuestra región, en ocasiones hacen escalas o pasan aquí el invierno en la presa de Las Tórtolas, en los Tanques Aguilereño y Genty en Viesca o en las plantas tratadoras de aguas residuales. El macho y la hembra se turnan para empollar en ligeras depresiones del suelo donde, sólo por los huevos se le pueden llamar nido.

Un pelícano blanco cayó del cielo lagunero el pasado 9 de octubre en una casa del Ejido de San José del Viñedo, en Gómez Palacio. Se trataba de un individuo a quien quizá venció el cansancio o el hambre o la deshidratación. En estos días estamos en el pico del drama bianual de la migración. Millones de aves toman rumbo de sus territorios reproductivos en Canadá, Estados Unidos y México a tierras más al sur. Lo hacen por tres grandes pasillos: el que sigue las costas del Golfo de México, el que bordea las costas del Pacífico y el gran pasillo central, que atraviesa el altiplano mexicano. Este último corredor es arduo pues cruza el gran Desierto Chihuahuense, seco y caluroso, sin mucha sombra, agua ni comida que permita retomar fuerzas para seguir la difícil travesía. Muchas aves no logran completar el viaje, como este pelícano.

Por las notas periodísticas y las fotos que las acompañaban se ve que era un ave joven, quizá nacida este mismo año, haciendo apenas su primer viaje. Los habitantes de la casa llamaron a las autoridades. Me consta que en el Instituto Municipal de Ecología de Gómez Palacio se tenía en pie un protocolo para manejar estos casos. Lo primero era asegurar la integridad física de las personas y del animal. Luego, evaluar su estado. Si el ave se encontraba en buenas condiciones se le llevaba al rumbo por el cual lo había recogido Protección Civil o los Bomberos y se liberaba.

No hace mucho, una ciudadana de la Ampliación Los Ángeles me contactó por haberse encontrado a una gallareta. Seguí el protocolo que le aprendí a Ecología de Gómez Palacio. La gallareta fue liberada en el lago del Campestre de Gómez Palacio, donde rápidamente se integró a un grupo de gallaretas residentes ahí.

En el caso del pelícano se le recordó al personal de ecología de Gómez Palacio los pasos a seguir. El sitio ideal para su liberación era la Planta Tratadora de Aguas Residuales Norte, apenas en las afueras de la mancha urbana. El pelícano joven, ya para entonces más deshidratado, más hambriento y más estresado, no fue liberado y las razones por las que esto pasó arrojan luz sobre el desorden que es el Instituto Municipal de Ecología de Gómez Palacio. El director del instituto, político panista al que jamás se le conoció interés por el ambiente, se ausenta con frecuencia y una buena parte del resto del personal ha optado por seguir el ejemplo de su jefe y vivir la cómoda vida del funcionario irresponsable.

La favorita del director -un puesto que no aparece en el organigrama- usuaria en exclusiva de una camioneta oficial se negó a transportar al pelícano pues le daba “hueva”. Resultó más fácil endosar al pobre animal a la Profepa donde, por suerte, apareció un veterinario, el Dr. Juan Emilio Camacho Rocha, quien hizo lo lógico, lo humano y lo decente que el personal de Ecología de Gómez Palacio se negó a hacer y lo liberó en una laguna.

A quienes nos interesa el ambiente de La Laguna nos queda claro el deterioro acelerado que su cuidado ha sufrido en Gómez Palacio desde el inexplicable nombramiento de su actual director a quien al parecer se le puso ahí para que cobre y aparezca en los actos oficiales. Albergábamos una leve esperanza que los mandos medios de ecología mostraran un atisbo de vergüenza y responsabilidad que mantuviera el trabajo de las últimas administraciones. Hoy vemos que no es así, que la cabeza importa. Si hiciera falta nos lo vino a mostrar un pelícano joven, asustado que cayó del cielo pero que tuvo la suerte de encontrarse a un funcionario responsable que pudo enderezar aquello que iba chueco.

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