El fin de la Navidad

Si vemos las fiestas de Navidad desde una perspectiva histórica y ecológica es algo que no tiene sentido. O sí. Me explico.

Hacer un gran festín en pleno invierno, cuando se debería tener cuidado con los contenidos de la alacena. Comer tanto y tan variado supone un acto irresponsable. O no. En Europa, origen de estas festividades -precristianas por cierto- las estaciones climáticas coinciden con las astronómicas. En el equinoccio de primavera la vida vuelve. Los animales que hibernaron despiertan, los árboles se llenan de hojas y flores, los insectos zumban buscando néctar y polinizando lo que haga falta. En el solsticio de verano las cosechas muestran su mayor vigor ante la próxima temporada de cosechas que se completarán hacia el equinoccio de otoño. Un ciclo que se repite año tras año.

Así sí. Tiremos la alacena por la ventana hacia el solsticio de invierno que ya volverán la luz y la vida. Si usted es un chileno o un australiano, incluso un mexicano, los excesos navideños no tendrán este significado. Quizá no tengan ningún significado más allá de la imitación de las costumbres de las metrópolis dominantes. Ojo, me refiero a los excesos de comida y bebida y no a sus rasgos religiosos o culturales.

Igual el arbolito de Navidad, herencia milenaria de las culturas dendrófilas del norte de Europa que nos regalan las estampas disfuncionales de una conífera de tierras frías en decenas de miles de casas, oficinas y negocios de una metrópoli asentada en el punto más caliente y árido del Desierto Chihuahuense.

El planeta está cambiando a una velocidad pasmosa. La Isla Baffin, la capital del oso polar no tiene hielo a mediados de diciembre. Sus paisajes hoy son veraniegos. La placa de hielo de la Antártida está pariendo islas heladas del tamaño de una ciudad grande.

El clima está loco pero volteamos a otro lado. Y nuestras cenas navideñas, jubilosas y alegres van pareciéndose cada vez más a la alegre banda del Titanic tocando para un baile macabro y ominoso. 


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