Las cosas por su nombre

Llamamos eufemismo a una palabra o una expresión aceptable, políticamente correcta, usada en lugar de una palabra que pueda inquietar u ofender a la persona o al público al que nos dirigimos. El eufemismoes siempre evasión. Buscamos no ofender, no confrontar, no molestar, una actitud muy mexicana que percibí el verano pasado de visita en Oaxaca. Allá, pareciera que la palabra “no” fuera considerada ofensiva. Claro, no hay eufemismo posible para la palabra no. No es no. “No” es, a todas luces, una palabra absoluta, arrinconada. Pero la evasión de los oaxaqueños para emplearla nos llevó siempre a innumerables confusiones a un par de norteños como Patricia y yo. Desde que empezamos a pronunciar la palabra misma ya sabemos que el eufemismo es bueno. Me explico. Etimológicamente, la partícula eu denota algo bueno. Eugenio es el bien nacido. Eutimio de buen ánimo. Eunice la buena victoria (la marca de zapatos deportivos Nike se refiere a la victoria, igual que la ciudad de Niza o Nice en francés). Eucariota, el buen núcleo, como se llama a las células con núcleo, más modernas que las procariotas, literalmente “antes del núcleo”. Eufemismo, el buen hablar, por cierto, es lo opuesto a la blasfemia, el hablar hiriente.Los eufemismos cambian. Pueden pasar de políticamente correctos a francamente insultantes. Ahora mismo vivimos una transición en la que “gordito”, “negrito”, “cieguito”, “tontito”, “indito” o “loquito” son palabras a las que muchos les hacemos el feo.Pero vuelvo al inicio. México es un país de eufemismos. Aquí no respiramos venenos sino tóxicos. No hay terremotos, sino temblores y movimientos telúricos. El Popocatépetl y el Volcán de Fuego en Colima no hacen erupción sino que experimentan exhalaciones. No seremos todos oaxaqueños pero aún así usamos el lenguaje con pincitas.Creemos que en el lenguaje de la técnica y de la ciencia no hay lugar para los eufemismos. Que se trata de un lenguaje exacto, preciso, aséptico, sin influencia cultural ni emotiva. ¿Porqué? Pues porque creemos -erróneamente- que la técnica y la ciencia son materias exactas, precisas, asépticas, al margen de la política, la emotividad o cualquier influencia cultural. Que la técnica y la ciencia son moralmente neutras que sólo se tuercen cuando se usan para mal o bien se reivindican cuando se usan para bien. Nada más equivocado. Quizá solo el lenguaje matemático, es decir, el lenguaje de las ecuaciones y los teoremas, es ejemplo de un lenguaje realmente neutro, preciso y aséptico. Estoy leyendo la biografía de Raquel Carson, una escritora de pluma elegante y bella que escribió uno de los pocos libros que podemos decir cambiaron el rumbo de la historia: “Primavera Silenciosa”. Cuando “Primavera Silenciosa” se publicó, en 1962, era quizá una de las escritoras más leídas y admiradas de su época. Bióloga e investigadora, Carson desde niña quiso ser escritora. Sus obras “El mar que nos rodea” y “La orilla del mar” son monumentos a la literatura pero también a la divulgación científica. “Primavera Silenciosa”, publicado en 1962, es un devastador análisis de las consecuencias de los plaguicidas sobre la salud del planeta y sobre la salud humana. Se publicó cuando los plaguicidas se aplicaban sin freno en amplias áreas del planeta, cuando ya había temores bien fundados sobre los efectos de las pruebas nucleares atmosféricas y la consecuente dispersión de material radioactivo. Temores poéticamente retratados ese mismo año de 1962 por Bob Dylan en su aterradoramente bella canción “A hard rain’s a gonna fall” (Una fuerte lluvia va a caer). Me detengo. Me paro en seco. ¿Percibió el eufemismo colarse en el lenguaje técnico en el párrafo anterior? Búsquelo. La palabra “plaguicidas” es un eufemismo del tamaño de una catedral. Igual que “insecticidas”, “rodenticidas” o “herbicidas”. Se supone que denota a una familia de sustancias que matan a las plagas -o a los insectos, o a los roedores o a las hierbas- cuando en realidad son venenos capaces de envenenarlo todo, de matarlo todo. Si hemos de prescindir del eufemismo, deberíamos llamarlos a todos “biocidas”, sustancias capaces de extinguir la vida.En el centro de estos eufemismos está la creencia generalizada de que los humanos no formamos parte del resto de la vida. Que no creamos relaciones y dependencias con el resto de los seres vivos ni con la tierra misma. Que a los humanos nos bordaron a mano. Que a los humanos nos parió Zeus. Que los humanos nos cocemos aparte. Como si no comiéramos o como si no respiráramos como lo hace un chapulín o un rinoceronte.Esta disociación cultural, de innegables y profundas raíces judeocristianas, es la barrera más alta que nos impide aceptar que somos un hilito más de la deshilachada trama que es la tela de la vida. Que nos impide ver más allá de nuestras narices y tomar la decisión de vivir de otra manera, de vivir honrando el milagro que es la vida y mientras vivimos -y comemos y producimos y nos transportamos, hacer lo conducente para que la vida siga floreciendo y no como ahora, que pareciéramos empeñados en extinguirla aunque en el camino estemos acabando con nosotros mismos.


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