Las calles y los coches

Elizabeth Buckley era una maestra de primaria en Milwaukee en 1920. Una maestra enojada y alarmada por la cantidad de muertos y heridos en accidentes viales. Lo suficientemente enojada para escribir al director su periódico y preguntarse si las calles eran solamente para el tráfico “comercial y de placer” de los vehículos de motor.

Eso sucedía en los años que se desataba una feroz competencia por el espacio público. A finales del siglo 19, el ecosistema -el sociosistema- callejero era complejo: peatones, vendedores, vehículos de transporte público, infraestructura de agua, postes y ciclistas. Y sí, niñas y niños jugando. Es cuando irrumpe el coche de motor.

Para 1920, cuando la maestra Buckley escribió su carta, la guerra  por el dominio del espacio público se encontraba en un punto álgido.

En algunas ciudades se debatía si imponer a los coches aparatos que limitaran su velocidad a 15, 30 o 40 kilómetros por hora.La industria automotriz identificó la amenaza y movió a su lobby no solo para derrotar las iniciativas reglamentarias que la amenazaban, sino para transformar la calle.

Su objetivo no era otro que modificar el espacio público y volverlo una instalación automotriz. Retirar de las calles a las niñas y a los niños, a los ancianos, a los animales, a los vendedores y a los ciclistas. Un mundo nuevo que obligara a las pocas personas que quedaran a obedecer reglas que facilitaran el paso raudo de los coches.

Aquella no fue una lucha fácil pues los peatones y el resto de los usuarios de la calle se resistían, apelando a la regla de “primero en uso, primero en derecho”.

Pero los coches acabaron imponiéndose con un arsenal que incluyó al dinero, a nuevas reglas y al ridículo. Hay en esta historia muchos elementos que resuenan en las calles laguneras aquí y ahora. No sólo por el debate sobre los inútiles puentes peatonales, sino porque hoy, casi cien años después, los peatones y los ciclistas retomamos el reclamo por el espacio público que un día fue nuestro. Aquí y en los Estados Unidos.

Calles para las personas. Ciudades en las que podamos vivir y en las que no tengamos que morir. Porque nadie tiene que morir de una manera tan cruel, tan injusta y tan estúpida como se muere en los mal llamados accidente de tráfico. 


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