El agua y la ardilla

Hace poco los laguneros confirmamos nuestras sospechas. Quedó claro que son los grandes usuarios del agua, los grandes productores de leche, los dueños de nuestro destino. Hace poco bastó que estos poderosos se plantaran en las oficinas centrales de la Conagua para forzarla a cambiar sus protocolos de seguridad y cerrar la presa Lázaro Cárdenas. Lograron que sus intereses prevalecieran por encima no sólo de nuestros deseos de tener de vuelta al Nazas, sino por encima de la salud pública.

Los tatamandones del agua y sus voceros argumentaron que dejar correr el agua por el lecho del Nazas era un desperdicio. Sin pudor alguno llegaron a declarar que el agua era valiosísima, entendiendo el valor que tiene para sus bolsillos y no el valor -universalmente reconocido- como dadora y sostenedora de la vida.

Conagua subió el nivel de aguas máximo ordinario -un criterio de seguridad- para complacer a los poderosos. El estado mexicano -no sólo Conagua- se mostró en toda su debilidad y su desnudez.

No sólo es el alivio que nuestros acuíferos cargados de arsénico podrían haber recibido con esa agua que no correrá. Sin ecosistemas acuáticos saludables nuestras comunidades van a la ruina. No es sólo la noción -atinada, por cierto- de que si cuidamos a la naturaleza la naturaleza cuidará de nosotros. Es algo tan claro y pragmático que la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea señala la responsabilidad de los estados miembros para asegurar su uso sustentable. Ese uso sustentable se demuestra con ecosistemas acuáticos sanos y funcionales y acuíferos sin ponzoñas. Bajo ese criterio, La Laguna saldría reprobada pues la destrucción de nuestros ríos, lagunas y humedales es tan intensa como implacable.

Hubo un tiempo, a finales del 19, principios del 20, que una ardilla podía viajar de la Sierra Madre a Mayrán sin tocar el suelo saltando de ahuehuete en ahuehuete. Hoy, por desgracia, la hipotética ardilla podría hacerlo saltando de lomo en lomo de tanta vaca lechera. 



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