Toda la luz que no podemos ver

Aún recuerdo cuanto me sorprendió la furia con la que aquel contertulio en un programa de radio reaccionó a mi queja del bajo nivel de cultura natural que hay en nuestro país. Por cultura natural me refería al conocimiento vulgar de los elementos naturales que nos rodean. Mucha gente podrá, con cierta dificultad, reconocer al chilero. Casi nadie podría nombrar una planta de salvia en las laderas de Jimulco o enunciar las diferencias entre un nopal rastrero y un nopal cegador. O declamar las cuatro especies de tórtolas que habitan nuestras ciudades laguneras. He constatado, con cierto grado de horror, que mis alumnos no tienen idea de cuánto llueve en promedio en La Laguna. Ni cuánta agua se evapora. Todos unos universitarios y no saben acotar la temporada de lluvias en el alto altiplano mexicano. Para mi contertulio -escritor, por cierto- el mismo concepto de cultura natural era una blasfemia. Según él la cultura era lo opuesto a la naturaleza. La cultura es aquello que nos permite combatir y sojuzgar al mundo natural. Sus objeciones las enunció varios decibeles por encima de lo necesario en aquella apretada cabina, y con una entonación de verdadero odio acompañada de una cara encendidamente roja con algunas venas cerca de estallar. Ya no hubo manera de entrar a temas más sutiles y elevados como el de la literatura natural, es decir, la literatura cuyo eje es la naturaleza. Hubiera querido referirme a la ausencia en nuestra lengua de escritores como los que uno se encuentra en la lengua inglesa: Gilbert White, Ralph Waldo Emerson, Darwin, Thoreau, Mary Austin, Aldo Leopold, Raquel Carson, Edward Abbey, Melville, Peter Matthiessen, Wendell Berry, John McPhee, Barry Lopez, David Quammen o Terry Tempest Williams. Le espeto esta larga lista pues aquí estoy a mis anchas, no como entonces, en aquella pequeña cabina, cuando fui el blanco de la furia del culto contertulio que no me permitió ni enunciar el primer nombre. A esta literatura se le da en llamar “literatura de lugar”. No es una moda o un fenómeno nuevo, como puede atestiguar la larga lista líneas arriba, que empieza con autores del siglo dieciocho.Otra manera de ver a esta literatura de lugar es como una tradición literaria que reconoce que una noción de lugar, una noción del sitio donde uno es y uno está, está ligado íntimamente a una noción de moralidad y de identidad. Esa tradición literaria no tiene fronteras definidas. Podrá contar con escritores tan distinguidos como E.O. Wilson o Stephen Jay Gould, profesores de  biología en Harvard, pero también podemos clasificar ahí a Faulkner o Steinbeck, premios Nobel de literatura o a Thomas Merton, monje de la Orden del Císter, muerto en 1968,  conocido como poeta místico pero que también nos regaló ensayos como “La lluvia y el rinoceronte”. Todo esto lo menciono pues me encuentro leyendo a Anthony Doerr, escritor usamericano nacido en 1973, cuyo lenguaje deslumbrante, definición de personajes, generación de drama y creación de atmósferas enmarcan cuentos y novelas magistrales. En las obras de Doerr la naturaleza brinca donde menos la espera uno. Su última novela, Toda la luz que no podemos ver, trenza la vida de una muchachita que quedó ciega, su padre conserje del Museo de Historia Natural de París y un joven huérfano alemán con un inusual talento para la electrónica atrapados en el remolino de la segunda guerra mundial. Buena parte de la novela transcurre en Saint Malo, la ciudad amurallada en la costa bretona. En una escena que retrata la destrucción total de la ciudad a fuerza de los cañonazos usamericanos, se  le escapa a Doerr una frase sobre las golondrinas que confundidas buscan sus nidos sepultados bajo las ruinas. Este no sólo es un apunte documental, sino una imagen que, como una bofetada, nos recuerda que la devastación de la guerra llega mucho más lejos que la tragedia puramente humana. Otro punto sobrecogedor es el relato de las visitas que Marie Laure, la chica ciega, hace a las antiguas perreras medievales, donde las autoridades de la ciudad solían guardar fieros mastines que cada noche patrullaban las playas y destrozaban a quien osara desembarcar subrepticiamente al amparo de la oscuridad. Las perreras abandonadas, inundadas por la marea, albergaban una gran cantidad de moluscos y cangrejos que con sus movimientos y texturas llenaban de maravilla y reminiscencias a Marie Laure. Otro pincelazo que llena una escena cruenta con un apunte incongruentemente bello es la descripción de los altos girasoles que parecen inclinar sus cabezas ante el paso sigiloso de los soldados alemanes que acuden a emboscar a unos guerrilleros soviéticos.Creo que así como hay una tradición en las letras inglesas de permitir a la naturaleza tomar su sitio, la debería haber también en nuestras letras y en nuestras vidas. Deberíamos poder encontrar la puerta que nos dé acceso a ese mundo mayor y antiguo pero que también permita que ese mundo entre, nos inunde y nos invada. 


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