Salve, Moreleando

Este fin de semana Moreleando, de vuelta al centro, festeja su segundo aniversario. Cumple dos años yendo a más y logrando lo que, antes de ellas y de ellos, parecía imposible: hacer que la gente volviera a caminar por una de nuestras calles más emblemáticas. Moreleando es una iniciativa ciudadana que, como muchas otras causas de la sociedad civil, se apoya en el trabajo voluntario y desinteresado de sus miembros y de muchos otros simpatizantes. Ese trabajo voluntario, espontáneo y fresco, más una inversión mínima, ha producido el milagro cada primer sábado de mes con más de diez mil personas paseando, encontrándose con amistades o desconocidos, admirando a músicos o malabaristas y pasando un muy buen rato en el corazón antes vacío de Torreón. Pertenezco a una generación que moreleó, que vivió el ritmo de sus semanas punteado por los domingos en la tarde y noche con periplos sin fin alrededor de las palmas. Recuerdo aún la gasolinera de Zaragoza y Morelos, donde muchos coches daban la vuelta en U. La Farmacia Benavides y su moderna cafetería. Alberto Vázquez dando vueltas en su Valiant convertible. La Casa de la Cultura entre Treviño e Ildefonso Fuentes. El alboroto hormonal de los veranos cuando aparecían las muchachas usamericanas que venían a hacer cursos de verano al Colegio Americano. Por cierto, un alboroto hormonal espejeado en España por esos mismos años, con las muchachas suecas y danesas que bajaban a las playas de sur. Si bien muchos paseantes de aquel Torreón lo hacían a pie, Moreleando tenía en su centro al coche. La contribución de aquellos paseos al calentamiento global, con su serpiente de tres kilómetros de coches tocando defensas y con motores andando durante horas, debe haber sido considerable. Me pregunto hoy cuantos microgramos de plomo habrán entrado a nuestra sangre entonces, cuando el remedio al cascabeleo del motor era añadir a la gasolina el tetraetilo de ese metal pesado. Pero eran otros tiempos y nosotros éramos otros. El mundo apenas empezaba a preocuparse por el ambiente en círculos académicos y políticos muy minoritarios. Y al margen de aquel quemadero de gasolina, morelear era un mecanismo social de convivencia e interacción casi exclusiva de muchachos y muchachas clasemedieros.El Moreleando de hoy conserva el corazón del de ayer. Tiene en su centro la convivencia y la interacción. Pero es otra cosa. Pero es mucho más. El Moreleando de hoy está abierto a todas las edades y a todas las clases sociales. El Moreleando de hoy se da en un centro urbano muerto por décadas de políticas de desarrollo centradas en la especulación y la gandallez constructora. Se da en medio de una crisis de inseguridad de la que no terminamos de salir. Pero sobre todo Moreleando se da en un contexto de activismo ciudadano que no se veía hace muchos, muchos años en La Laguna. Pero, por encima de todo, el Moreleando de hoy se centra en el peatón. En la persona que camina y que, caminando, hace a la ciudad. Cuando las personas caminan, interactúan, se encuentran. Incluso, en ocasiones, consumen, permiten el flujo de recursos dentro de la comunidad. En un mall, se camina, se encuentran distintos, se crean relaciones pero no de ciudadanos, sino de consumidores. El dinero se escapa de la comunidad hacia corporaciones situadas a cientos o miles de kilómetros. En el mall la persona no interesa como tal, no es persona, se le reduce al rasgo más plano, elemental y mercantilista posible. Una ciudad sin personas en la calle se cancela la oportunidad de encontrarse con el otro y por tanto se cancela la oportunidad de crecer en lo individual y de crear lazos que lleven a la construcción de una comunidad, de un sentido de destino y de responsabilidad compartida. Sin ciudadanos no hay ciudad. Creo que este es el gran, gran valor de Moreleando y es por ello que debemos celebrarlo y participar con ellas y con ellos. Con nosotros.  


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