Reverencia por mis mayores

Así como nos ve, todos y todas andamos por el mundo metidos en una esfera. Es etérea, inmaterial y virtual. Es la esfera moral. Contiene, entre muchas cosas aquello que amamos, todo lo que defendemos. Hay personas cuya esfera moral es bien chiquita, ocupada toda por su propio ego. Casi todos profesamos incluir en esa esfera a nuestros padres -o su memoria- y a nuestras familias por supuesto. Hay quien deja que la ideología les llene la esfera moral con conceptos y objetos cuya importancia no resiste el primer análisis, como la patria, la bandera, el partido político o el himno nacional.
Aquellos a quienes les preocupa el estado del ambiente han ensanchado esa esfera para que quepa el paisaje. Por eso nos indigna y nos duele tanto que lo dañen. Por qué hemos llegado a entender que el paisaje define, si lo dejamos, quienes somos y que sin él  somos menos.
En la niñez se nos enseña que debemos honrar a nuestros mayores. Cuando amplías esa esfera moral, los mayores son seres que viven desde tiempo inmemorial sobre la faz de la Tierra. Las sequoias de California, los pinos de conos erizos de Utah y Nevada, los estromatolitos de Cuatrociénegas o la gobernadora conocida como el “Rey Clon” del Desierto de Mojave. Nuestros mayores a los que debemos respeto y reverencia.
En el Parque Estatal “Cañón de Fernández” hay ahuehuetes de más de mil doscientos años de edad. Verdaderos abuelos de todo lo que vive y de todo lo que respira en La Laguna. Patriarcas vegetales de nuestras comunidades. A esos ahuehuetes centenarios les debemos no menos respeto y reverencia que el que desplegamos por otros ahuehuetes como el Árbol del Tule en Oaxaca, el árbol de la Noche Triste en Tacuba o el Sargento en Chapultepec.
Usted sabe, por supuesto, que Ahuehuete es un nahuatlismo. Que su significado es “viejo en el agua” (atl, agua; huéhuetl, viejo). La palabra misma, ahuehuete, debería movernos a la admiración por las lenguas originarias de México y a los pueblos que aún conservan esta herencia milenaria. La plasticidad del Náhuatl permite que se puedan crear nuevos vocablos a partir de vocablos ya conocidos y eso pone el terreno fértil para sustantivos, adjetivos y adverbios cargados de hermosas metáforas. Viejo en el agua nos informa la ecología del ahuehuete, un árbol que sólo puede concebirse en las orillas de un río o de un lago. Los ahuehuetes milenarios del Cañón de Fernández son un tesoro que nos han legado los siglos y que nos ha legado el Río Nazas. El río que llamamos nuestro padre pero al que hemos tratado de manera infame.
Escribo estas líneas el 14 de marzo, Día Mundial de la Defensa de los Ríos. Las escribo con toda la admiración y el amor que me inspiran el Nazas y el Aguanaval y quienes dedican sus esfuerzos por defenderlos y conservarlos. Las escribo también con el desprecio hacia todos aquellos -dejo el masculino, todos son hombres- que los quieren seguir dañando y abusando, a pesar de que hoy sepamos lo que sabemos. Nuestros ríos han sido dañados por dos razones: por la extracción desmedida de sus aguas y por la construcción de presas que interrumpen su curso y destruyen todos los procesos bióticos que dependen de él.
Esta semana se publicó un artículo científico en la revista Energy Policy de un equipo de investigadores de la Universidad de Oxford. Estudiaron el costo y el desempeño de las grandes presas construidas entre 1934 y 2007 para las que se contaba con cifras confiables de costos y de beneficios. En promedio las presas costaron casi el doble de lo que se presupuestó y su construcción llevó 44% más tiempo del calculado. Los investigadores concluyen que las grandes presas que hoy estamos proyectando no tienen ningún sentido económico. Esto cuando CFE pretende cargarse al Río San Pedro con la presa de Las Cruces y destruir así todos los ecosistemas que alimenta, incluyendo las Marismas Nacionales, un sitio clave para las migraciones continentales de aves acuáticas.


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