Reflexiones mirando el cañón de una pistola

Hace mucho tiempo que no me asaltaba una duda al escribir esta colaboración. Para mí, la elección de un tema, es un ejercicio entre compartir una inquietud que me asalta o de comunicar una información que creo ser capaz de traducir al lenguaje llano. Siempre intento que la importancia -el foco- sea el tema, el debate, la pregunta, la información, sin que en el proceso resalte yo o mis labores o mis problemas. Claro que lo que escribo tiene que ver con quien soy yo, con mis lecturas, con mis filias y mis fobias. Pero siempre procuro no estar en el centro de mis colaboraciones. Todo esto es preámbulo para contarles mi primer encuentro directo con el lado equivocado del cañón de una pistola.

Había quedado con un amigo de vernos el viernes para desayunar y platicar. Dicen que la fatalidad está detrás de los hechos extraordinarios. Nuestra primera elección de restorán falló, el restorán estaba cerrado. Fuimos a otro restorán cercano, a tres cuadras. Desayunamos. Platicamos. Pedí la cuenta. Discrepamos amigablemente peleándonos sin mucha convicción sobre quien pagaría la cuenta.

En ese momento pude ver a un tipo que, cinco mesas más allá de la nuestra, tomaba el bolso de una señora quien gritó “¡oiga!”. A mi izquierda oí la voz de la mesera que nos traía la cuenta: “¿a dónde lleva esa bolsa?”. Me di cuenta que era un robo, me puse de pie y le pegué uno de esos gritos que me dieron el grado de sargento de nuestros paseos ciclistas. El grito de “¡Ey!” que uso para advertir al automovilista que descuidadamente abre la puerta de su coche. Lo hice sin pensar, pero también sin ver que otro asaltante había entrado hasta el fondo del restaurante y estaba parado frente a mí, apuntándome con una pistola y mandándome a callar.

Los asaltantes se tomaron todo el tiempo que les da la impunidad. Mesa por mesa recogieron celulares, billetes, carteras, aretes, pulseras, relojes, collares y tarjetas. Algún cliente les pidió que le permitieran quedarse con su credencial del IFE, otro pidió que le devolvieran su cartera para retirar dicha credencial. Es decir, tiempo hubo para regaños y para negociaciones exitosas y fallidas. Calculo más de diez minutos. Se despidieron. Algunas voces de los asaltados les dijeron con más atavismo que convicción “que dios los bendiga”. Alcancé a hacer una nota mental sobre las extrañas cosas que la gente es capaz de decir bajo presión. Creyendo estar seguros, algunos clientes empezaron a ponerse de pie, a sacar el dinero o el celular que habían escondido. Pero los asaltantes volvieron por una segunda vuelta de gritos, insultos y robos. Se despidieron de nuevo. Regresaron por tercera vez a intentar poner de pie a algunas personas que, sin que nadie se los ordenara, estaban en el suelo con las manos en la nuca. No lo consiguieron. Los asaltantes salieron del restaurante. A pie. Despacio. Con calma rumbo a la Colón.

Minutos eternos después llegaron tres policías estatales en moto. Confundidos. Como sin saber que hacer. Mi amigo y yo nos retiramos a una cita a la que ya íbamos tarde, en otra parte de la ciudad. Al parecer más tarde, según uno de los testigos, llegaron numerosas patrullas del resto de las corporaciones dando órdenes de establecer un cerco. Treinta minutos después de los hechos. Así imposible.

Créame, una cosa es hablar de la violencia, de la impunidad y de otras categorías morales. Otra cosa es ver el cañón de una pistola apuntando. Por un instante se disuelve el universo entero y solo existe la pistola, la bala que está en la cámara esperando la percusión del gatillo con la pólvora encasquillada tensando sus enlaces químicos queriendo explotar para impulsar al plomo. También sólo quedan dos personas, tú y el otro. Cada quien de un lado de estos mortíferos objetos. Luego pasa el evento. Te vas. Pasa el día. Los sentimientos se agolpan. Lo platicas. Los escenarios impensables se multiplican.

Me comentan que es el cuarto hecho similar en unos pocos días tan sólo en Torreón. Una quinta allá, un bar más acá, otro restorán de tacos. Con una inversión mínima (dos pistolas), en doce minutos eternos, los asaltantes se hicieron de docenas de relojes y de celulares caros, miles de pesos y joyas. El gobierno, representado en primera línea por sus policías, sus soldados y sus marinos, fueron incapaces de representarles un riesgo mínimo a esos asaltantes. El riesgo para los ladrones fue nulo aunque para nosotros haya sido máximo. El panorama perfecto para cualquier empresario. Mínima inversión, máxima ganancia, riesgo nulo. ¿Qué más se puede pedir?

Los gobernantes enfrentan un panorama similar. No tenemos cuerpos de seguridad mínimamente decentes. El gobierno -municipal, estatal o federal- no nos provee de una mínima protección a los ciudadanos, pero al final, los seguiremos votando. Desde una perspectiva sociológica, esta situación es un coctel tóxico y explosivo. Es la bomba preparada con una llama ansiando llegar a la mecha. Torreón, no me cabe duda pues lo comprobé este viernes mientras miraba la boca del cañón de una pistola, está a toda madre.

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