Recuerdos

La memoria es a veces traicionera. A lo largo de nuestra vida los recuerdos se distorsionan, a veces se embellecen, a veces se endurecen o se deterioran. Rara vez nuestros recuerdos resultan ser lo que eran, por vívidos que nos parezcan. Los recuerdos pueden renovarse, la memoria es capaz de refrescarse cuando aquel estímulo, aquella imagen o aquel sabor vuelve a presentarse. Los hechos traumáticos suelen fijar en la memoria también al contexto de la tragedia de una manera extraordinariamente clara. En estos días, gente de mi edad o mayor ha podido recordar, con gran claridad, como se enteraron que el Presidente Kennedy había sido asesinado en Dallas. Donde y con quien estaban, quien se los dijo, cual fue su reacción.
Yo no recuerdo exactamente como me enteré, pero sí recuerdo haber visto a mi padrino, Florentino Bustillos, parado en la esquina de Matamoros y Treviño, a medio camino entre su oficina en Benavides y nuestra casa, con un radio de transistores -acaso uno de los primeros en La Laguna- y cuatro o cinco personas escuchando atentas a lo que se oía en el diminuto aparato. Recuerdo que hablamos en clase por la tarde sobre el asesinato. Una plática, seguro, acorde a los diez años de quienes cursábamos el quinto año de primaria en turno mixto. Ese efecto del asesinato de Kennedy -sucedido hace ya cincuenta años- se repite con otros asuntos. Tengo memorias muy claras de como, donde y con quien me enteré de la explosión del Challenger, del asesinato de Colosio, de los avionazos contra las Torres Gemelas, de los bombazos de Londres y Madrid, del tsunami en el Océano Índico.
Hay, por supuesto, recuerdos más amables. La súbita aparición de la pelusa verde del ralo follaje del desierto sobre los hombros duros y blancos de nuestros cerros calizos. Ese fenómeno, que sigue a las lluvias de mayo primero y a las de agosto y septiembre después, provocaba un cierto sentimiento de maravilla y esperanza. Estos días la pelusa vuelve a vestir la calvicie reseca de la Sierra de las Noas de una forma anacrónica, merced de las lluvias que hace diez días nos cayeron, fuera de toda temporada. Pelusa desde la lejanía, pero que de cerca son hojas nuevas de la gobernadora, de la sangre de drago, del chaparro blanco, del cenizo y de otros matorrales.
En mi niñez, antes de que Kennedy muriera, cuando cada año se acercaba a su fin, aparecía en la mesa un delicioso dulce de zapote negro que hacía mi madre. Me gustaba tanto, y era tanta mi desesperación por comerlo que, a fuerza de no moverme de la mesa aprendí a hacerlo: zapote negro maduro, jugo de naranja, vino blanco y azúcar.
Cada año en el Mercado Juárez los zapotes negros aparecían en las fruterías. Quizá provenían de los árboles de zapote que había en la Plaza de Armas, justo al rededor del kiosco, y también en algunas calles del centro. Luego, un año sí y varios no, se encontraban los zapotes  en algún supermercado. Luego nada. La gran sequía del zapote, de la que nadie habla y que le dura ya a La Laguna década y media, había empezado. Los zapotes de la Plaza y de las banquetas de Torreón fueron desapareciendo para ser suplantados por sedientos ficus por estériles laureles.
El árbol de zapote negro es pródigo como pocos. El domingo pasado, en el magnífico patio del Museo Regional de Querétaro, me encontré con uno, cargado con cientos si no miles de frutas. Duras, verdes, como para cortarlas y traerlas a madurar a Torreón. La idea cruzó mi cabeza, pero en lugar de arriesgar ser detenido por vandalizar el zapote del museo, opté por dejarlo en paz.
El lunes, después de nuestra sesión de trabajo me lancé al mercado. Una sola frutería tenía los ansiados zapotes. Compré un kilo maduro y dos kilos verdes, para traer a Torreón. El delicioso recuerdo de mi infancia me llevó a pedirle a Teresa, ayudante de cocina del hotel, a pedirle que me preparara el zapote maduro. Hizo un primer intento al que le faltaba vino, le faltaba jugo y le faltaba un toque de azúcar. A la segunda quedó perfecto para irse a enfriar. Pagué los ingredientes y a Teresa le di una generosa propina. Nuestro heterogéneo grupo de investigadores salió a cenar. Científicos de materiales, químicos, instrumentistas y  microelectrónicos de Colombia, Brasil, España, Uruguay y Cuba tomamos rumbo al hermoso centro queretano.
Al volver, les expliqué a mis compañeros lo que había preparado, los invité a probarlo. Nadie se marginó a cuenta del raro aspecto del postre negro. Todas y todos le entraron. Poco a poco el sabrosísimo zapote nos fue vistiendo de felicidad. Pude transmitir mi recuerdo reiterado de la niñez y la juventud. La memoria de quince años desde el último zapote negro fue fiel para entusiasmar a quince personas que ni de nombre conocían la fruta.
Por breves instantes el zapote, su sabor y su textura nos atrapó en una comunión deleitosa. Quizá no haya mayor felicidad que el poder saciar al fin, tras de largos años, la nostalgia de algo -o de alguien- querido. Una fortuna que desgraciadamente, rara vez somos capaces de tener.



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