El Pulitzer en La Laguna

No sé cuando oí hablar, por primera vez, de los premios Pulitzer. Desde niño me ha gustado -en temporadas me ha obsesionado- la lectura de los diarios. Seguro que fue en una de esas eras tempranas que supe del Pulitzer, pero no sé cuándo. Este premio se otorga anualmente, en los Estados Unidos, en dos vastas categorías: el periodismo y las artes. Es, sin duda, uno de los máximos galardones periodísticos y literarios que puedan otorgarse en aquel país. Por cierto, el año pasado, el premio para la categoría de fotografía noticiosa lo ganó Narciso Contreras, mexicano, por la foto de dos insurgentes sirios disparando desde el agujero de una pared. Una imagen que revela, con gran esteticismo, el horror de aquella lucha fraticida.
En 1999 conocí por primera -y única- vez a una ganadora del Pulitzer: Julia Preston, quien lo ganó en 1998, vino a reportar para el New York Times las afectaciones a la salud pública por la contaminación por plomo. Como otros corresponsales que vinieron a Torreón en esas fechas (James F. Smith de Los Angeles Times, Harris Whitbeck de CNN), Julia era una periodista que había hecho la tarea. Seguramente no tendría más de un par de días de haber estudiado el caso, pero sus preguntas eran certeras, sorprendentes, al punto.
Hace años que tengo la costumbre de revisar la lista anual del Pulitzer. Aunque me interesan todos, me enfoco en la sección de artes, en particular el premio al mejor libro de ensayo o no-ficción. Siempre he sido un lector más de ensayo que de novela y me gusta leer en inglés, de manera que ver esta lista es una forma de encontrar, quizá, lecturas interesantes.
Gracias a esta búsqueda -o maña, según se vea- es que me he encontrado libros excepcionales como Annals of a former world (Anales de un mundo anterior) de John McPhee, ganador en 1999. Este libro es una vasta exploración de la historia geológica de los Estados Unidos que le llevó a McPhee veinte años completar. Lo mismo puedo decirle de otro libro, ganador en 2011, traducido ya al español, “El emperador de todos los males, una biografía del cáncer” de Siddhartha Mukherjee, oncólogo de pluma elegante, compasiva y precisa.
Este año, el ganador fue Toms River de Dan Fagin donde se relata un caso de contaminación química que produjo en los noventas cientos de casos de cáncer en los habitantes de Toms River, Nueva Jersey. En el centro de este caso se ubicaba una fábrica de colorantes y plásticos de Ciba-Geigy a la sazón el gigante químico suizo. No sólo es una investigación de un caso puntual de contaminación sino que Fagin trenza con esta historia una historia de la toxicología ambiental y de la industria química con gran habilidad narrativa. En este libro me enteré que las áes de CIBA, AGFA y BASF vienen de la palabra “anilinas” los colorantes artificiales que son tan tóxicos de usar como de producir. Para producir un kilo de estos colorantes se generan cerca de veinte kilos de desperdicios tóxicos, cancerígenos y/o explosivos. Ciba-Geigy, con gran diligencia, esparcía estos desechos en sus terrenos arenosos -asegurándose que migrarían al acuífero- o los vertía directamente al río. Cuando estas prácticas fueron denunciadas, empezaron a verterlas al Océano Atlántico. Una planta tratadora les reducirían sus sacrosantas ganancias.
De hecho, la empresa suiza pasó sus operaciones de Cincinatti, una urbe con ciudadanos e instituciones propios de una población urbana, instruida y con alternativas de empleo a Toms River, una localidad cuasi-rural en donde la llegada de una gran fábrica con cientos de empleos bien remunerados fue vista como una bendición. La actitud de los ejecutivos de Ciba-Geigy ante los problemas que causaban a la poblaciónosciló en todo momento entre la desvergüenza y el autoengaño. Era esta ciertamente una posición insostenible que vino a terminar de la peor manera con el súbito cierre de la empresa, gastos enormes de remediación y compensación y el sufrimiento sin orilla de miles de habitantes de Toms River.
De poco sirve lo que aprendamos si no lo usamos para entender mejor nuestra realidad. En La Laguna veo yo a un grupo de empresas, lidereadas por una gran corporación local, cuya actividad económica está causando un daño enorme a nuestra comunidad, que esparce enfermedad. La débil defensa de estas empresas es que ellas no poseen pozos, ni vacas, ni hectáreas de alfalfa. Estrictamente es cierto. Las empresas no, pero sus dueños, socios y proveedores sí. Tienen pozos, extraen más agua de la que la nación les ha concesionado y dejan detrás la ponzoña del arsénico, un potente cancerígeno. Como algún día fueron los suizos en Toms River, Nueva Jersey, los dueños de estas empresas son hoy héroes, personajes del año, capitanes de la industria, sonrientes golfistas, proveedores de empleos. Pero con todas veces que esta historia se ha repetido -y se ha relatado- deberían saber ya que esto va a acabar mal. Para ellos y para todos.


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