Preguntas y respuestas sobre el fracking

Donde quiera que se ha hecho, la extracción de hidrocarburos por el método de fractura hidráulica o fracking ha suscitado amplios rechazos. Es un método que ha probado ser peligroso y dañino para la salud ambiental y para la salud pública en los sitios donde se ha desarrollado. Coahuila está en el umbral de iniciar, reforma energética de por medio, la explotación en gran escala de gas y petróleo por medio del fracking. En declaraciones de esta semana, el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, declaró: “Respeto las posturas ecológicas. No las comparto porque creo que no se ha entendido cómo va a ser, ya no es con explosiones, es con agua, misma que se  recicla; esa agua que se inyecta se recupera, esa es la nueva operación”.
Tiene razón el gobernador cuando explica que la fractura hidráulica se hace con agua. Una vez que el pozo se perfora, se le inyecta una mezcla de agua, arena y aditivos químicos para romper las pizarras y hacer que el gas y el petróleo atrapado en los resquicios de esas rocas puedan fluir hacia el exterior. Cada pozo requiere de 15 a 23 millones de litros de agua. Si las proyecciones, mencionadas hace tiempo por el propio gobernador, de diez mil pozos para Coahuila, estamos hablando de una cantidad entre 150,000 millones y 230,000 millones de agua en total. En una zona semiárida como el norte de Coahuila. A diferencia del agua usada por la agricultura, las carboeléctricas o la cervecería de Nava, esta es agua realmente consumida. Retirada del ciclo del agua. No es agua que se evaporará, que formará nubes que serán lluvia luego o que trasminará al suelo y luego a los mantos acuíferos. Es agua verdaderamente consumida. No es agua que se recupera o que pueda reciclarse.
La mayor parte del agua inyectada (con arena y aditivos) se queda bajo tierra, a cientos o miles de metros de la superficie. Tan sólo entre el 15 y el 20 por ciento del agua empleada vuelve a la superficie y se le almacena en tanques o en estanques forrados de geomembranas. No es agua sino un coctel del que cada día se sabe más sobre su toxicidad. Además de los aditivos que se le añadieron, de cuyas características hablaremos más adelante, el agua que vuelve a la superficie contiene otros contaminantes que arrastra de las rocas y otros materiales que contactó en su ir y venir. En los campos de la formación Marcellus, en Pennsylvania, se han hallado niveles peligrosos de radioactividad en esta agua, además de altas concentraciones de hidrocarburos. Por el alto costo de tratar este 15 o 20 por ciento del agua que regresa, la industria prefiere reinyectarla miles de metros bajo la superficie terrestre, un ejercicio irracional y ridículo equivalente a barrer el polvo debajo de la alfombra para proclamar que el cuarto está ya limpio. Mientras esta agua tóxica espera su destino final queda almacenada en tanques y estanques que a menudo tienen derrames accidentales o provocados. En un reportaje reciente en un diario de Saltillo se mostraba el estanque de un pozo de gas shale en Coahuila totalmente seco y con la geomembrana rota.
Esta agua de desecho cuando es reinyectada en pozos muy profundos para deshacerse de ella es capaz de estimular fallas geológicas profundas y volverlas activas produciendo terremotos en donde antes no temblaba. Suena a mala película de ciencia ficción, pero W.L. Ellsworth, investigador del Centro sobre Ciencia de los Terremotos, del gobierno usamericano, reportó, en julio de 2013, en un artículo llamado “Terremotos inducidos por inyección” en la revista Science, que “varios de los terremotos mayores ocurridos en la mitad de los EUA en 2011 y 2012 pudieron haber sido provocados por pozos cercanos donde se reinyecta agua de desecho. El más grande fue un evento de magnitud 5.6 in Oklahoma central que destruyó 14 casas e hirió a dos personas”.
De los 54 aditivos usados en el líquido de facturación, 21 se dispersan por el aire. Todos causan daños a la piel, los ojos, el tracto gastrointestinal, el hígado y el sistema respiratorio. Diecinueve al sistema cardiovascular y al sistema nervioso, 17 a los riñones, 7 son mutágenos, 6 son cancerígenos. De los mismos 54 aditivos, 34 se disuelven en el agua contaminando ríos y acuíferos y afectan los ojos y la piel. De esos 34, 32 dañan al sistema respiratorio, 31 al gastrointestinal, 26 al corazón, 25 al cerebro, 11 son cancerígenos, 10 son mutágenos. Son sustancias que van y vienen, que en su tránsito pasan por acuíferos en los que ocasionalmente se fugan envenenando a personas y animales.
Pregunta el gobernador de Coahuila a quienes nos oponemos a que este peligroso método se instale en Coahuila: “Pero la respuesta muy sencilla, sin confrontar, es dialéctica nada más, ¿cuál es la alternativa para producir energía eléctrica?, ¿El carbón?”
Es una pregunta equivocada de origen. Coahuila y el mundo no enfrentan una crisis energética, enfrentamos una crisis de consumo. No hay energía que alcance para que todas y todos tengamos el último smartphone, o para que cambiemos de coche cada que las modas cambian. El problema es un modelo civilizatorio que con cada paso que da provoca desolación, destrucción y muerte.


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