Potabilizadora inútil y dañina

Los proponentes del oscuro proyecto de construir una potabilizadora en el Nazas siguen tocando puertas, buscando incautos a quienes sumar a una obra que significará el hundimiento final de nuestra región. Enarbolan la necesidad de dar agua de calidad a la población ante la crisis del arsénico, una crisis, huelga decirlo, que se origina del manejo criminal del agua que se hace en La Laguna. La troupe que va de puerta en puerta por Coahuila la conforma una extraña aunque predecible mezcla de ex-funcionarios, constructores y algún autodenominado experto en cuestiones del agua.
En La Laguna ciertamente tenemos una crisis por el arsénico presente en nuestra agua de bebida. Es una crisis de salud pública que afecta a cientos de miles de laguneras y de laguneros. Que nos afecta a usted, a mí y a todos los que usted y yo queremos en esta tierra. El arsénico es un tóxico ligado a enfermedades crónicas como el cáncer y la diabetes, dos enfermedades que abundan entre nosotros. Es inadmisible que una sola persona -ya no digamos cientos de miles- se envenene al beber agua. Por eso el programa de filtros desplegado por las autoridades de Torreón es un paso -a medias- en la dirección correcta. Adolece claro, del un pequeño detalle: 95% del agua que se limpia se desperdicia, es decir, no se usa para detener la intoxicación masiva de sus habitantes.
Pero la potabilizadora es otra cosa. Es una obra que se nos vende como la solución al problema del agua en La Laguna cuando en realidad es la solución al 2% del problema del agua en La Laguna. Encima de ser una obra inútil, su escala es tal que pagarla habrá de lastrarnos con una deuda de muy largo plazo.
La solución al problema del abasto y de la calidad del agua en La Laguna no es una megaobra que, como toda megaobra, viene acompañada de un cortejo de corrupción, ineficiencia y sobrecostos. La solución está en meter orden, en hacer cumplir la ley, en obrar con sentido común usando la base sólida de la ciencia. En la Universidad Nacional Autónoma de México se ha estudiado el origen del arsénico en nuestro acuífero. El arsénico siempre estuvo en el acuífero debajo de la Laguna de Mayrán. Este veneno se mantuvo arrinconado por las avenidas regulares del Nazas que, de pasada, rellenaban nuestro acuífero con agua nueva, que apenas semanas antes había llovido en las altas montañas de Durango.
Nuestros problemas empezaron en la década de los cuarenta. Desde entonces, las avenidas ya no llegan a Mayrán. El agua queda detenida en la presa del Palmito. Al mismo tiempo los pozos profundos empezaron a proliferar merced de los motores, de diesel primero y eléctricos después. El nivel relativo entre nuestro acuífero y el de Mayrán se invirtió. El nivel del agua que la tierra guarda bajo nuestros pies ya no fue más alto que el nivel del acuífero de Mayrán. Lo que fue aguas abajo ahora quedó arriba. El agua emponzoñada de Mayrán empezó a migrar hacia el suroeste a llenar el vacío que las norias y el río seco iban dejando.
La ciencia con su diagnóstico pareciera estar cantándonos la solución al problema del agua en La Laguna. Debemos dejar de extraer tanta agua del subsuelo y debemos permitir que el río corra de nuevo por su cauce para rellenar con agua limpia a nuestro acuífero. Pero todas las decisiones, por racionales e inspiradas en la ciencia que sean, se aplican en un contexto social dado. Es decir, hacer lo que se debe implica modificar nuestros anhelos y expectativas, redefinir nuestra idea de progreso. Esto se traduce en cambiar el modelo de desarrollo que hoy seguimos, claramente insustentable y demencial.
Pero este proyecto es también un proyecto malvado en los detalles. Su construcción habrá de destruir al Parque Estatal Cañón de Fernández, ese magnífico, bello y admirable refugio de lo que alguna vez fue el Nazas. Habrá de destruir la maravilla de sus ahuehuetes milenarios. Hará callar a la tángara roja y al cucú de pico amarillo. Expulsará a la aguililla gris y a la chara verde. Volverá árido páramo lo que hoy es sombreado verdor. Planean construir la potabilizadora en el límite mismo del parque sin proveer de un mínimo respiro en forma de una zona de amortiguamiento.
La lógica diría que, si la planta se construye en el bajo valle, dentro de nuestras ciudades, y el agua que la alimente se conduce por el cauce del río, el acuífero se rellenará poco a poco y la planta sería mucho más pequeña y más barata. Pero a quienes proponen megaproyectos, no les gusta la modestia. Piensan en grande. Entre más grande, mejor. Obra grande, presupuesto grande, mayor ganancia y mayor oportunidad de arañar mordidas y comisiones.
Por ello seguirán insistiendo y tocando puertas para hacer avanzar su proyecto. No se detienen en usar las mentiras más gordas para engañar incautos, para embetunar y endulzar lo que es en el fondo una execrable pila de corrupta suciedad.


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