Pongamos que hablo de Madrid

Cuando hace casi treinta y cinco años, Joaquín Sabina escribía. “Allá donde se cruzan los caminos / donde el mar no se puede concebir / donde regresa siempre el fugitivo /  pongamos que hablo de Madrid”. Podría haber estado (d)escribiendo otro sitio huérfano de playas, ubicado en el centro de ninguna parte. Pongamos que habla de Torreón, de Matamoros, de Lerdo o de Gómez Palacio.Por eso es que siempre, como Lagunero, he sentido una cierta afinidad geográfica por la capital de España. Hace más de veinticinco años vine a esta ciudad por primera vez. Siendo estudiante en la ciudad británica de Newcastle viajé a la boda de Lorenzo y de Pilar, dos entrañables amigos. De la visita recuerdo poco. La excelente comida, en especial unos sesos en mantequilla negra en un restaurante cerca del congreso, los embotellamientos después de medianoche, la magnífica Plaza Mayor, los amplios paseos del Prado y de la Castellana, el establecimiento abierto a las tres de la mañana para comer churros con chocolate. Me desconcertó sentir de los madrileños que conocí, un cierto resentimiento -injusto por infundado- hacia el papel de México durante y después de la guerra civil española.Visualmente, dos estampas me acompañan desde entonces y para siempre: el Guernica de Picasso, entonces en el Casón del Buen Retiro -el Museo Reina Sofía, su sede actual, aún no existía- y el Jardín de las Delicias, el alucinante tríptico del Bosco en el Museo del Prado. Como pocos, el de Picasso es un cuadro que transmite el horror de la guerra en general y del bombardeo de la Legión Cóndor nazi sobre la población civil de esa histórica aldea vasca en particular. El del Bosco, por otra parte es una alucinante alegoría -pictórica y conceptualmente avanzadísima- que admite una combinación infinita de interpretaciones  religiosas, filosóficas e incluso ambientales como ya lo dejó claro la escritora usamericana Terry Tempest Williams en su igualmente alucinante libro “Leap”.Adelantemos la película más de veinticinco años. Estoy de nuevo en un Madrid frío y tumultuoso por la furia consumista de la navidad. Ahora soy otro. Pero también son otros Guernica en su nueva sede del Museo Reina Sofía y El Jardín de las Delicias restaurado en el Museo del Prado. Constato que ambas obras siguen conmoviéndome aunque ahora me impacta mucho más la madre con un bebé muerto en brazos que Picasso pintó en un rincón. Ahora noto aún más la exquisita corrección biológica del Bosco en su descripción de una chara, de un jilguero, de un martín pescador, de un carpintero, de un pato de collar muerto, de una espátula blanca. En la orilla derecha del cuadro me sobresalta un  animal con cabeza de tapacaminos que devora a un hombre y en el último rincón una cerda con hábito de monja que intenta besar a un hombre que se resiste.Pero Madrid es más que esos dos cuadros. El Museo Thyssen -otra novedad- es otra gozada. Pero también Madrid es más que museos. La parte antigua, el Madrid de los Austrias, es un sitio acogedor y bellísimo sobre todo si se pudieran diluir las multitudes navideñas. Sus parques como el Retiro, la Casa de Campo, la Dehesa de la Villa, o las orillas del Manzanares recuperadas para la convivencia, el deporte y el esparcimiento hacen salivar a cualquier lagunero huérfano de amplios espacios públicos que fomenten la vida cívica.Estoy convencido que las comparaciones son tan odiosas como inevitables, pero llegué a Madrid tras tres semanas en su rival marítima, la capital del mediterráneo, Barcelona. Encuentro a la capital del reino una ciudad más grande, con más tráfico, con más ruido y con mucho menos ciclistas. Una ciudad más agobiante. Pero como Barcelona, con un magnífico sistema de transporte público que permite moverse con eficiencia y comodidad. Se reconoce también el impulso madrileño al uso de la bicicleta, importante aunque retrasado con respecto a Sevilla, Vitoria-Gasteiz y la misma Barcelona. Otro dato tan curioso como intrascendente: mientras en Barcelona llegué a ver hasta treinta bicicletas plegables Brompton en un sólo día, en Madrid aún no veo una sola. Pero por otra parte BiciMAD, el programa de bicis eléctricas públicas que recién empieza ha demostrado un éxito rotundo. Es Madrid una ciudad que merece mucho la pena caminarse, disfrutarse y pedalearse, aunque no deja de llamar la atención la ubicuidad de nombres y símbolos religiosos que uno no ve en  la más laica Barcelona, por ejemplo. 


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