Plagas, plantas y civilización

Siempre he creído, junto con Ralph Waldo Emerson, que los términos “maleza” y “plaga” denotan una falla de la percepción humana. Son términos más emotivos que descriptivos. Ambas palabras, maleza y plaga, denotan a organismos capaces de aprovecharse de nuestros anhelos de prosperidad. Desmonta el agricultor el bosque para plantar trigo, pero la hierba encuentra las condiciones propicias de luz y agua ideales y eso la pone en conflicto directo con el humano que entonces eleva el nivel del combate atacando sin piedad al intruso. Igual pasa con el pulgón, el escarabajo, la mosca o la palomilla que encuentran vastos espacios de comida donde antes había un paisaje diverso y competido. La plaga no nos tiene mala sangre, sólo está aprovechando el festín que nosotros le pusimos enfrente.
Reza un dicho tan sabio como socarrón que la agricultura es el arma de los pastos en su guerra exitosa contra los árboles. El pasto la tiene difícil para crecer en el piso sombreado del bosque. Cuando de manera natural, un árbol cae, crea un área soleada propicia para las hierbas y los arbustos y, también por supuesto, de nuevos árboles cuyas copas eventualmente sombrearán el suelo de nuevo dificultando la vida de las plantas más rastreras. Tres pastos dan de comer hoy a buena parte de la humanidad. El trigo, el maíz y el arroz. Al tener estos pastos el nutrimento que ansiamos, los humanos nos hemos convertido en los propagadores de estas tres plantas. El arroz, el maíz y el trigo salieron de China, de México y de Turquía para conquistar al mundo y avasallar vastos territorios.
Uno de los escritores más brillantes sobre la comida y, en general, sobre esa zona gris y difusa entre naturaleza y cultura, Michael Pollan, explora en su libro “La Botánica del Deseo” el éxito de cuatro plantas: el tulipán, la papa, la manzana y la mariguana. Lo hace desde la perspectiva de la planta. Pollan analiza como estas cuatro especies han encontrado algo que nos es especialmente valioso y por ello nos han usado para sus fines de dominación mundial.  
La dulzura y el sabor de la manzana nos animó a llevarla desde las aisladas montañas de Kazajastán hasta los cuatro rincones del mundo conocido: Coahuila, Durango, Chihuahua y Puebla. Primero por el camino de la seda pudo la manzana llegar hasta el centro mismo del imperio romano para convertirse en sidra y luego para ser fruto de mesa. Por cierto, Eva no le pudo haber dado a Adán una manzana pues las manzanas no se conocían en el Medio Oriente en la época en que se escribió la biblia. Choca con en el imaginario colectivo, pero Eva le dio a Adán una granada o un higo, nunca una manzana. La biblia no nos lo aclara, pues sólo habla del “fruto del bien y del mal”.
La papa es tan densa en calorías, no se maltrata en el transporte y aguanta tanto almacenada sin echarse a perder que pronto caímos bajo el influjo de su hechizo. Así, la papa salió de los altos andes chilenos y peruanos a conquistar al mundo. Se cree que la papa es responsable de dar el impulso vital a la revolución industrial en Europa en los siglos 18 y 19. Otras plantas han tenido un rol clave en otros grandes acontecimientos de la historia mundial. El tráfico de esclavos a las Américas -y el boom azucarero que le siguió- no se entiende sin la llegada del maíz al África. Hoy la papa se cultiva hasta en las zonas bajas y tropicales de Asia, tan alejadas geográfica y climáticamente de las frías cumbres andinas.
La belleza de los tulipanes, originarios del Asia Central, permitió que poblaran el mundo desde su desértico rincón en las planicies de Uzbekistán. Así como en los noventa la economía mundial sufrió el estallido de la burbuja de las dotcom y en 2008 crujieron las paredes del sistema financiero por el estallido de la burbuja inmobiliaria, el siglo diecisiete vio el surgimiento de la tulipamanía y el estallido de la burbuja de los tulipanes. A los holandeses los atrapó la locura por tener los tulipanes más bellos y exóticos hasta llegar al punto de que se pagaba en Amsterdam, por un sólo bulbo, el equivalente a treinta años de salario de un artesano habilidoso. La deflación de la burbuja por poco arrastra a la pujante economía holandesa, una de las más importantes de aquel mundo.
Los humanos llevamos toda nuestra vida buscando como alterar nuestra percepción y nuestra conciencia. Ahí está la clave del éxito de la mariguana, una planta del sur de Asia hoy presente en las montañas de México y Estados Unidos y en los sembradíos protegidos de la plana Holanda. Aunque la mariguana también produce fibra -el cáñamo- y aceites esenciales para cremas del Body Shop, es su capacidad para alterar nuestra conciencia la que la ha hecho la planta cosmopolita que es hoy y que lleva a miles de personas a morir, a matar y arriesgar su libertad.
Este afán tan humano de buscar alocarse pudiera ser ni más ni menos lo que dio origen a nuestra civilización. Hoy se cree que los primeros granos, cuyo cultivo nos hizo sedentarios y nos llevó a fundar esto que llamamos civilización, fueron objetos de nuestro deseo no para hacer pan, sino para hacer cerveza.



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