Paso de Cortés

Hace casi cuarenta años subí a las faldas de la montaña que humea, el Popocatépetl. Era una excursión dominical, familiar -los hermanos y hermanas que por diferentes motivos vivíamos en el DF- en una combi necesariamente antigua, de aquellas de motor enfriado por aire.

Seguro era un verano de un mundo más fresco pues no mucho más allá del Paso de Cortés empezaba la nieve. Recuerdo que caminando hacia lo blanco, costaba respirar, como cuesta a casi cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar. Recuerdo el extraño pasto que como en grandes mechones y la ausencia casi total de árboles, tras haber subido por una carreterita sumergida en bosques umbríos.

Cuarenta años es un mundo de años. Recuerdo poco más que eso. La carretera, la nieve, la combi, la atmósfera delgada y el zacate en mechones.

¿Podremos saber hoy lo que pensó Hernán Cortés al llegar a ese puerto de montaña que ahora lleva su nombre por el que pasó entre su desembarco veracruzano y su tránsito a Tenochtitlan? Si esos días el Valle de México fue la región más transparente, seguramente vio Chalco, Iztapalapa y Texcoco y alcanzó a vislumbrar el gran lago y Tenochtitlan, así como las anchas calzadas que la conectaban con las ciudades de las orillas.

Aquella escena, maravillosa e inédita para los ojos europeos, era un leve adelanto de la maravilla que lo recibiría en Iztapalapa y al poco tiempo la gran ciudad, asiento del poder azteca.Seguro que la innegable curiosidad que aquella visión le despertó no fue antropológica, sociólogica o naturalista.

Ni siquiera religiosa. Sus preguntas serían ¿cuánto oro? ¿Cómo avasallar a esta gente? Las innegables dotes diplomáticas de Cortés y su temible armamento de pólvora y de gérmenes fueron las armas de una conquista que marcaría para siempre lo que hoy llamamos México.

Esta semana volví al Paso de Cortés. No llegué a la nieve pero sí vi el pasto en mechones. Mis pulmones sintieron los 3600 metros de altitud.

Azotado por un viento helado insufrible para mi vestimenta de desierto me pregunté si la marca indeleble del extremeño que pasó por ahí en 1519 no sigue aún entre nosotros, muy del siglo 21 pero incapaces de ver esta tierra con ojos diferentes a los de la codicia y el afán de conquista, ciegos a otras riquezas más antiguas, intangibles y perdurables. 


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