Pasando el tiempo

Empecé a ver aves hace más de treinta años. Un pasatiempo raro, ni duda cabe, pero que me ha dado enormes satisfacciones a lo largo del tiempo. La principal, el contacto con el mundo natural. Un contacto íntimo, diario y existencial. Con mucha razón, alguien lo definió como una mezcla inescrutable de ciencia, deporte y religión.

En cuanto tuve binoculares y guía de aves inicié una lista de lo que iba observando. Llenar esa lista, primero en un cuaderno Scribe de espiral y luego en unas tarjetas de 10 por 15 me ha reportado gran gusto y delicia. Gracias a este pasatiempo he visitado lugares maravillosos y exóticos. También pedestres y ordinarios. Las montañas que rodean Medellín. Avenida Cuauhtémoc y Concepción Béistegui en la Colonia Narvarte de la Ciudad de México. La selva del pacífico costarricense. El jardín de mi casa.

También me ha llevado a conocer gente generosa, sabia y conocedora. Por ver aves he encontrado grandes amigos. Bill, Pipe, Jorge, Martí, Claudia, Rubén y docenas más. Me acerca también a personas maravillosas y únicas, como Jorge Nocedal y Allan Phillips, ornitólogos que me guiaron con paciencia mis primeros pasos ornitológicos.

Algunos avistamientos quedaron grabados en mi memoria para siempre. Mi primer halcón peregrino en la Alameda de Saltillo. Mi segundo halcón peregrino en el castillo de Eilean Donan en Loch Lash -más fiordo que lago- en el noroeste escocés. Mi primera cotorra serrana oriental en la Mesa de las Tablas, Coahuila. Mi primera cotorra serrana occidental en las afueras de Madera, Chihuahua. Mi primera águila real en el Cañón Madera cerca de Tucson. Recuerdos que evocan sentimientos y sensaciones, que me transportan al momento exacto en que aquello sucedió.

La observación de aves es un pasatiempo que se practica todo el tiempo. En el cine o en la tele, cuando se oye un graznido o un canto, busco la fuente del sonido o identifico al aguililla o al cuervo, seguramente las dos especies favoritas de los cineastas para rellenar los silencios de sus películas.

Observar aves me acerca al pulso del planeta. Me permite percibir sus transformaciones, sus gozos, sus cambios y sus dolores. Y eso, no es poca cosa.


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