Pandion haliaetus

Martí Boada, eminencia de la conservación mundial y amante del Cañón de Fernández, me sorprendió con una foto en el whatsapp. Un enorme cacto columnar coronado por una plataforma de ramas.

La leyenda de la foto rezaba: “Mira que nido de Pandion haliaetus en Isla Tiburón, Sonora”. Pandion fue un rey de Atenas cuyo nieto Teseo fue convertido por los dioses en águila y la palabra haliaetus, también del griego, quiere decir águila del mar.

La plataforma de ramas en la foto era un nido del Águila pescadora, una única especie en su género que a su vez es el único género en su familia. También es única pues existe en todo el mundo, salvo en la Antártida.

Otras características también la vuelven única. Su dieta es exclusivamente de peces que atrapa echándose clavados que la sumergen como se le puede ver en las aguas someras de otoño e invierno en el Cañón de Fernández.

Como casi todas las aves tiene tres dedos hacia adelante y uno hacia atrás pero, a diferencia del resto de las aves, puede mover uno de ellos hacia atrás quedando su pie en una forma de X como los pies de los pericos y los carpinteros. Esta garra reconfigurada le ayuda para que no se le escapen sus resbalosas presas.

También puede levantar las escamas de la planta del pie para incrementar su rugosidad y agarrarse mejor al pescado. Por su distribución, por su anatomía y por su ecología, es la única especie de un género de una familia.

El águila pescadora visita cada año el Cañón de Fernández, llega en septiembre y se va en mayo. En ocasiones, por razones no muy bien explicadas, el pollo que llega a nuestro parque estatal por primera vez suele quedarse todo el año y volver hasta el mayo siguiente. 

Una especie especialista pero al mismo tiempo tan adaptable que puede anidar en un cacto del Mar de Cortés, en un oyamel de los bosques de Alaska o en una picea de Siberia. La foto de Martí Boada me remitió a las Águilas pescadoras que vi en Escocia y a las de la desembocadura del poderoso Río Columbia, en las costas de Oregon.

Pero para las águilas pescadoras más entrañables para mí son las que llegan a las frescas orillas del Nazas cada septiembre en un ciclo antiguo y sagrado que ya de sí compensa a las penas que pasamos por defender al Cañón de Fernández de las múltiples amenazas que le asechan. 


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