Palabras rescatadas

Misterio, milagro, gracia, maravilla, reverencia, bendición, compasión. Siete palabras que recuperé para mi vocabulario. Estas palabras, y muchas otras, han sido cuasi-monopolizadas por la religión y los religiosos. Destripándolas en muchas ocasiones, vaciándolas de significado. Reduciéndolas a referencias de eventos tan extraordinarios como inverosímiles.

Lo dijo David Jenkins, Obispo de Durham, cuando dudó del nacimiento virgen de Jesús y del Cristo resucitado en cuerpo y alma: Dios no está en el negocio de los efectos especiales. O sea, que quede claro. No he visto súbitamente la luz ni anduve, ni corrí, ni pedalée el camino que lleva a Damasco.

Tampoco he vuelto al paisaje mágico de mi infancia. No, la recuperación de mi léxico no obedece a nada de eso. Estoy seguro que nada de eso sucederá y que San Christopher Hitchens me condene si es de otra manera. 

Entre la mente analítica del científico, el ojo alucinado del naturalista y la brújula moral del ateo reconozco en la naturaleza cosas que me mueven a la maravilla sin necesidad de atribuírselas a un ente sobrenatural. Observo comportamientos y fenómenos que no han sido explicados y que quizá nunca lo serán. Atestiguo resultados sorprendentes y complejos a partir de procesos relativamente simples.

Reconozco la necesidad de portarme bien, porque es lo correcto, definido lo correcto por la cultura en la que uno está inmerso, por la formación que uno ha tenido y por la búsqueda incesante y no por diez reglas inmutables que, al final, nadie sigue y a las que las propias iglesias le encuentran excepciones. Lo correcto se busca, se duda y se cuestiona, no se obedece ciegamente a partir de unas tablas que bajaron hace milenios del Monte Sinaí.

En esta búsqueda interminable me han ayudado, paradójicamente, las enseñanzas de dos teólogos: el ya mencionado Jenkins y Richard Holloway, obispo de Edimburgo, autor de un libro, tan breve como maravilloso llamado “Una moralidad sin Dios, expulsando a la religión de la ética”.

Recuperar esas palabras y afirmar un credo necesariamente cambiante ha sido parte de esta búsqueda dubitativa. Un viaje estimulante y divertido. Mucho más divertido, creo, que la certidumbre del dogma. 


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