Leer, malo para la salud

Cuando tenía once años, mis padres notaron que algo no iba bien con mi vista. Por un tiempo creían que mis descripciones de imágenes borrosas eran una excusa para sentarme muy cerca de la televisión que apenas se estrenaba en la casa. Un día me examinó el Dr. Arturo Gallegos y alarmado le dijo a mis padres que mi miopía era severa. Bromista como era, les señaló que se corregiría con unos lentes, pero que la siguiente graduación sería unos “perros de contacto”.
Desde entonces y hasta la fecha, durante más del ochenta por ciento de mi vida he usado lentes, gafas, antiparras, espejuelos. Como tantos otros niños y niñas aguanté estoicamente epítetos como ciego y cuatroojos. Ya mayor, en la preparatoria y con más ganas en la licenciatura, descubrí que los lentes le dan a uno un cierto aire de intelectualidad, de sabiduría.     
La miopía es una enfermedad multifactorial. Puede ser hereditaria pero también puede ser adquirida. Supongo que, en la antigüedad más profunda, cuando todos los humanos éramos cazadores y recolectores, aquel individuo que naciera miope no llegaba a la edad reproductiva. Una serpiente venenosa o una fiera al acecho que no pudieran ser vistas sería suficiente para retirar los genes miopes de la circulación.
Pero las cosas empezaron a cambiar hace seis mil años cuando surgió la escritura y, con ella, la lectura. Y cambiaron con mucha mayor velocidad cuando se inventó la imprenta en el siglo 15 y los libros se volvieron objetos más comunes. Intuyo que la televisión y sobre todo la computadora y su ubicuidad en el trabajo han acelerado el cambio. Leer no es natural. Nuestros ojos no evolucionaron para estar enfocados en objetos cercanos durante largas horas. La tensión constante que surge de este enfoque termina por pasarnos factura alterando la forma del globo ocular. Las imágenes llegan desenfocadas a la retina. Nos volvemos miopes. En Europa y en los Estados Unidos, una tercera parte de las niñas y de los niños son miopes y tienen que usar lentes. Hay partes de Asia donde la proporción es aún mayor.
El surgimiento de la miopía como una enfermedad nueva está bien documentado. En contraste con los niños europeos, usamericanos y asiáticos, la miopía es casi inexistente en las poblaciones de cazadores-recolectores o en las comunidades que practican la agricultura de subsistencia, en donde son miopes menos del tres porciento de la población. Young y sus colaboradores pudieron estudiar la prevalencia de la miopía en comunidades en tránsito de cazadores-recolectores a estilos de vida occidental. Su estudio, realizado en  1969 en comunidades Inuit -llamadas entonces esquimales- en la Isla Barrow en Alaska, encontró que, mientras menos del dos porciento de los ancianos presentaban una miopía leve, la mayoría de los adultos jóvenes y los niños eran miopes, algunos con miopía severa. En un estudio llevado a cabo en Dinamarca en el siglo diecinueve, se encontró que la miopía afectaba a menos del 3% de los agricultores y de los obreros, mientras que afectaba al 12% de quienes desempeñaban un oficio y al 32% de los estudiantes universitarios.
Existen muchas enfermedades no transmisibles que son producto de la vida moderna. O mejor dicho, son producto del desfase entre lo que somos y el ambiente en que vivimos. Nuestros cuerpos son la herencia de una dilatada historia. Los siete millones de años de evolución de los homínidos bípedos incluyendo los doscientos mil años y pico que tiene nuestra especie de homínido bípedo nos dieron por resultado este cuerpo. Los cambios culturales los han puesto en un ambiente para el que no están adaptados. Evolucionamos en un mundo con poca sal, menos azúcar y poca grasa, tres ingredientes indispensables pero escasos. De ahí nuestro gusto por lo salado, lo dulce y lo grasoso. Una adaptación darwiniana para devorarlos cuando los conseguíamos. Pero una desventaja inmensa en un mundo de comida procesada donde la abundancia de lo dulce, lo salado y lo grasoso, se da 24 horas al día, siete días de la semana.
De modo que no sólo diversos tipos de cáncer son el regalo envenenado de la modernidad. También lo son la obesidad, la hipertensión, el pie plano, el dolor de espalda, las caries y las muelas del juicio. Viéndonos a nosotros y a nuestros males a través del lente de la evolución podríamos diseñar medidas preventivas para reducir la miseria y el sufrimiento que nos traen estos males.
Pero la lectura y los libros se cuecen aparte. Son inventos que han potenciado el desarrollo de nuestra civilización. La lectura y los libros han permitido la transmisión del conocimiento y la cultura a través de las generaciones. Sin la lectura y los libros quizá nunca hubiera usado lentes, pero tampoco hubiera podido escribir este artículo ni usted me estaría leyendo.


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