Inteligencia

Una de mis primeras conmociones intelectuales, de muy niño, fue cuando me di cuenta que los humanos pertenecemos al Reino Animal. Vamos, somos animales. Cuando de pequeños nos encontramos con otras especies, estas proporcionan profundidad a nuestra visión del mundo. No son como nosotros. Andan en cuatro patas o vuelan o tienen trompa o cuernos. Observándolos aprendemos mucho de qué y de quienes somos. Son lo Otro. Pero luego nos damos cuenta que también somos lo mismo. Ahí quizá radicó la sorpresa de mi mente joven.
A lo largo de nuestra existencia, esta noción de nuestra animalidad nos empieza a incomodar. Incomodidad cortesía de la ideología dominante. Empezamos entonces a marcar distancias. Somos animales, claro, pero inteligentes. Somos mamíferos, por supuesto, pero tenemos espíritu, nos parió Zeus, dios nos hizo a su imagen y semejanza, somos especiales. Somos el resultado culminante de la creación. Somos de oro. Nos cocemos aparte.
Esta cultura dominante permea por supuesto a la ciencia. Durante siglos de inquisición sistemática nos negamos a explorar, digamos, el alma de los animales. Volteamos hacia otro lado para no corroborar que no somos los únicos animales que fabrican herramientas. Que no somos los únicos animales que nos comunicamos por un lenguaje. Que no somos los únicos animales que desplegamos sentimientos como la alegría, la pena por el duelo o la ira.
Los animales enjaulados se vuelven locos. La crueldad del zoológico o del patio con aves canoras enjauladas hace que los presidiarios caigan en rutinas frenéticas de movimientos sin cesar. La misma conducta que luego vemos en los pabellones de nuestros hospitales siquiátricos. Los elefantes se detienen a hacerle compañía a un familiar muerto. Los cuervos despliegan rutinas que evocan un funeral. Los perritos de las praderas ladran para advertir al resto de la colonia sobre la proximidad de un depredador. Un ladrido si es un águila, otro si es un coyote, otro tono si viene desde el sur, otro si del poniente.
Los chimpancés hacen herramientas, forjan alianzas, organizan guerras. Hace ya dieciséis años visité -contra mi voluntad- el Zoológico de Barcelona. Mi sobrina Brenda, quien con sus catorce años nos visitaba, quería conocer a Copito de Nieve, el famoso gorila albino que ahí vivía. No recuerdo si vimos a Copito, pero recuerdo una escena que me partió el corazón. Una gorila  llegó hasta donde estaba una ventana cerrada. Ahí esperó con paciencia hasta que la ventana se abrió. La gorila tenía semanas de haber parido. Como un gorila nacido en cautiverio es algo sumamente raro, el Zoológico no podía arriesgar que la madre inexperta fuera a hacerle daño. Por lo tanto le quitaron a la criatura. Un ratito cada día, esa ventana se abría. En el interior una cuidadora le daba un biberón al bebé gorila. Afuera, en el jardín la madre metía la mano y acariciaba a su hijo con una ternura infinita. Juro que aquella gorila tenía una expresión de tristeza y de amor sin orilla. No tuve estómago para quedarme a ver qué sucedía cuando el bebé terminara el biberón y la ventana se volviera a cerrar. Una escena de gran drama, una crueldad gratuita para facilitar la diversión  y el entretenimiento del público que acudía a gozar con esos grandes primates presos.
No hay manera de escapar de esa conclusión: los zoológicos, todos los zoológicos, son instalaciones que dispensan grandes cantidades de crueldad para el entretenimiento y la diversión de nuestra especie. La coartada educativa reza que el zoológico cumple una función educativa al instruir al visitante sobre los animales y sus tribulaciones en estado salvaje. De esa manera, se argumenta, se promueve la conservación de esa especie en su hábitat natural.
Algunos zoológicos van aún más lejos en su engaño. Afirman ser depositarios de animales raros que, al reproducirse en cautiverio, son la reserva para una eventual restauración de esa especie en la naturaleza. De todos los argumentos a favor de la exhibición de los animales cautivos, éste me parece el más insidioso por explotar descarada y conscientemente la ignorancia del público. La mayor parte de las extinciones hoy en día se dan por la pérdida de hábitat. Puedes tener todos los tigres de bengala que quieras en cautiverio, pero si no hay ya hábitat para el tigre de bengala su restauración en la naturaleza es imposible. La conservación debe realizarse en el sitio. Se debe conservar la especie y también su hábitat. Cualquier otro intento tiene bajísimas posibilidades de tener éxito. Se nos olvida que somos animales. Ignoramos los hilos invisibles que nos conectan existencialmente con las águilas y las lagartijas, con las vacas y los ratones. Interponemos todo un arsenal cultural para distanciarnos de nuestra propia naturaleza. Pero también por eso nos desconectamos de nuestro ser de hueso, de hemoglobina y de tendones. Existencialmente nos movemos en una nube despegada de nuestra naturaleza y de nuestra circunstancia. Este desapego, esta ignorancia elegida, es una de las razones por las que no entendemos aún que nuestra suerte está trenzada con el destino fatal que le estamos preparando al planeta en el que vivimos, de donde venimos, de donde sale todo lo que nos mantiene vivos y felices.




twitter.com/fvaldesp