Insumisos

La primera vez que visitamos Barcelona fue en 1988. Unos cuantos días, de turistas, en un hotelito arriba de la fuente de Canaletes. Nos encontramos a la ciudad que conocíamos por los libros pero también mucho más. Nos apantalló la gran capital mediterránea, artística, sensual y mercantil, el centro editorial del mundo de habla hispana -y catalana, claro- la sede de las indescriptibles obras de Gaudí. El catalán en la calle y en la tele nos sonaba a alemán antiguo de la Baja Sajonia. Más tarde, en 1991, cuando llegué a vivir una temporada más larga, la ciudad y el país eran otros. Barcelona cambiaba aceleradamente a las puertas de los XXV Juegos Olímpicos. Patas arriba, con obras viales y urbanísticas por todas partes y la promesa de ponerse aún más guapa de lo que ya era. Francisco Franco y su feroz dictadura eran una pesadilla cada vez más lejana pero que se negaba a desaparecer. Después de todo, la guerra civil que lo entronizó ha sido vista como la confrontación entre la Madrid militar y monástica y la Barcelona sensual y progresista en una tensión que, a pesar de las bombas y los muertos, se niega a desaparecer. El dictador llevaba quince años y pico muerto, pero aún había elmonedas con su cara y la leyenda: “caudillo de España, por la gracia de Dios”. Los medios, para referirse a él usaban el respetuoso eufemismo no exento de temor: “el anterior jefe de estado”.Quizá no existía institución franquista más fuerte que la del servicio militar. Los jóvenes españoles estaban obligados a dar un año de su vida al ejército. En los ochentas el estado tuvo que reconocer la objeción de conciencia, esto es, el alegato individual o colectivo -el caso de los Testigos de Jehová, por ejemplo- a pertenecer a la maquinaria de guerra del estado. Esta amenaza a lo establecido intentó zanjarse con el servicio social sustitutorio mediante el cual el objetor cumplía labores sociales no militares, como cuidar ancianos, ayudar a los servicios de emergencia, etc.Surgieron entonces los insumisos, jóvenes que alegaban que ellos no tenían porqué regalar ni un minuto de su vida, deje usted todo un año, al estado. Ni como soldados ni en ningún otro papel. Los insumisos eran enjuiciados, encarcelados e inhabilitados para el trabajo futuro en el gobierno. Pero fue tal el número de objetores e insumisos que el gobierno tuvo que anular el servicio militar completamente, apenas en 2001.Traigo esto a colación para valorar ejemplos de rebeldía de largo aliento, algo que nos vendría bien a México, a las mexicanas y a los mexicanos. Hoy que llevamos ya casi dos meses indignados por la desaparición de cuarenta y tres muchachos en Ayotzinapa, tenemos que empezar a ver lo que sigue. Las evidencias no aclaradas de corrupción del presidente de la república y su familia han alentado las protestas en las calles. También la impunidad que, junto al crimen organizado, ha creado este infierno de país.La rebeldía constante y de largo aliento debe ser organizada y lidereada. De otra manera las cosas pueden terminar mal. Y es aquí donde encontramos nuestro reto más grande. En España siempre hubo, durante la larga noche franquista, sindicatos y partidos -clandestinos, claro- que dieron estructura y dirección a la lucha. Aquí no. La tarea pendiente es encontrar esos liderazgos pues de otra manera, la indignación no logrará su objetivo transformador o, peor aún, la represión acallará las voces que hoy claman en todos los rincones del país por un cambio.Pero estas dudas y cavilaciones no deben silenciarnos. Tenemos que actuar pensando. Pensar actuando. Tomo la letra del himno antifranquista por excelencia -L’Estaca- como inspiración de la tarea que tenemos enfrente. El autor, Lluis Llach, nos imagina atados a una estaca que nos limita y nos esclaviza: “Si tiramos fuerte, la haremos caer / Ya no puede durar mucho tiempo / Seguro que cae, cae, cae / pues debe estar ya bien podrida / Si yo tiro fuerte por aquí / y tú tiras fuerte por allí / seguro que cae, cae, cae / y podremos liberarnos”.  


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