Huitzil

Nada como el colibrí para inducirnos el sentido de la maravilla. Su vuelo veloz, su tamaño, sus piruetas, sus colores. Todo en el colibrí es maravilloso, extraordinario. Su anatomía, su fisiología, su colorido y su conducta.

Sospecho que esta admiración la comparto con todo aquél y toda aquella que alguna vez los haya visto. Como todas las aves, el que no busca al colibrí difícilmente lo verá.Confieso que tengo una obsesión por observarlos, oírlos y fotografiarlos. Como sujetos son fáciles y difíciles.

Valientes y caprichosos. Si tienen curiosidad pueden acercarse o permitir la cercanía de uno. Se saben más rápidos. Hemos de parecerles unos gigantes torpes en cámara lenta. Sus colores se originan en la capacidad de sus plumas de descomponer la luz.

Dice una leyenda maya que los primeros dos colibríes fueron creados a partir de la padecería de plumas que le quedaron a los dioses al crear al resto de las aves. El dios que los hizo se sintió tan gustoso de su creación que organizó una boda espectacular en la que las mariposas delimitaron un espacio sagrado.

Sobre ese espacio las flores pusieron un tapiz de pétalos. Las arañas tejieron una alfombra nupcial y el sol, finalmente, lanzó rayos de luz para que los pajaritos brillaran con colores maravillosos.

Los invitados se percataron que, cuando los colibríes se apartaban de la luz, éstas se volvían grises y negras como eran los pedazos de pluma de los que originalmente habían sido hechos.Ahí reside la gloria y el reto del colibrí.

Si la luz del sol no incide en sus plumas con el ángulo preciso, éstas se ven grises y negras, pero un leve movimiento de la cabeza, del cuerpo o de las mismas plumas nos lanzan destellos casi cegadores sobre nuestros ojos. En el instante que ocurre, el observador no puede evitar las exclamaciones y los superlativos.

Sospecho que la súbita aparición del color en donde todo era negro es a veces un gesto voluntario del colibrí. 


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