Enfermedad y cura

Cierre los ojos. Relájese. Respire hondo. Piense que está en un sitio bello, tranquilo, donde no existe preocupación alguna. Le apuesto -doble contra sencillo- que usted se imaginó en un sitio natural, con árboles y agua probablemente. Quizá este experimento sea la evidencia más próxima de lo que el gran Edward O. Wilson llama biofilia, el amor innato por la naturaleza. La biofilia se define de manera formal como el sentido de conexión que tenemos con la naturaleza y con otras formas de vida.

Un sentido innato, producto evolutivo de la selección natural. Finalmente, aunque parezcamos olvidarlo, nuestra sobrevivencia depende de nuestra conexión estrecha con el ambiente y del conocimiento práctico de las plantas y de los animales.

El mundo moderno, tan de plástico, de pantallas y de pavimento, se ha esforzado en cercenar esa relación innata con la naturaleza. Y esa destrucción nos lleva en ocasiones a la neurosis y la depresión.

Dígalo si no la frecuencia con la que declaramos haber “cargado las pilas” una vez que volvemos de un tiempo en el campo, en el río, en la presa o en la sierra. Esa estancia puede ser de una mañana o unos días, pero la reconexión con la naturaleza nos restaura eso que perdimos en el cotidiano apuro en nuestros coches o el incesante mirar del arroyo de inboxes y juatsaps en las pantallas de nuestros celulares.La historia de nuestro género -Homo- es de casi tres millones de años. Nuestra especie -Homo sapiens- proviene quizá de hace doscientos mil años.

Durante la mayor parte de la existencia humana -99.5% del tiempo que lleva de existir el género Homo- existimos en pequeñas bandas de unos cuantos individuos, cooperando, cazando y recolectando. 

Tras sólo quince mil años de civilización nuestra especie ha hecho avances espectaculares. Inventamos la agricultura y el lenguaje escrito, viajamos a la Luna, corremos en coches veloces, nos comunicamos por medio de celulares que son potentes computadoras, habitamos ciudades enormes y ocupamos hasta el último rincón del planeta. Pero en el fondo no somos más que el animal que apareció en el Pleistoceno, producto de esos millones de años de evolución, pero ahora huérfanos de la naturaleza, la madre de la que surgimos y que ahora añoramos y necesitamos como nunca antes.


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