¿Desastres naturales?

Al enfrentamos a un problema de grandes magnitudes o de difícil solución, el riesgo de hacerle caso a un charlatán con soluciones fáciles y simples, se eleva exponencialmente. La desesperación es mala consejera, nos hace creer en soluciones mágicas, en balas de plata. Tome de ejemplo la compleja cuestión del agua en La Laguna. Cuando nuestros anhelos se desbocaron y rebasaron a nuestra circunstancia, cuando quisimos sembrar más, producir más, ganar más en una región del mundo en la que el agua pone límites, creímos que construir presas era la solución. El agua almacenada podía ser usada en la cantidad y en el momento oportuno. Las presas nos independizarían de los caprichos de la lluvia. La realidad fue otra. Nunca, en La Laguna, volvió a cultivarse una mayor extensión que en los años antes de las presas. Llevamos ya un par de décadas -con tres años de excepción- con el jesús en la boca, volteando a ver la presa del Palmito para saber si tendremos un año normal o si habrá necesidad un miniciclo o si habrá que compactar los terrenos para que el agua no viaje tan lejos. No tomamos en cuenta, por ejemplo, que el espejo del nuevo lago evaporaría decenas de millones de metros cúbicos que formarían nubes que descargarían en otras cuencas. En este experimento acabamos también con los ecosistemas únicos del Nazas y del Aguanaval y de las lagunas que durante milenios formaron.

Al retener el agua, la presa del Palmito le negó al Acuífero Principal -del que usted y yo bebemos- 500 millones de metros cúbicos de infiltración anual lo que representa un mayor volumen que el terrible déficit que hoy hace que nuestra agua de bebida salga contaminada con arsénico. Las obras adicionales para desviar agua hacia los campos, complementos necesarios de las presas, incrementaron este desbalance.

La Comisión Nacional del Agua sigue con las cosquillas de construir una presa entre Torreón y Simón Bolívar en uno de los paisajes más dramáticos y bellos de nuestra región: el Cañón de la Cabeza. Hay evidencias para sospechar que la verdadera razón detrás de este interés está la misma ambición que nos llevó a construir el Palmito: aumentar las ganancias a corto plazo a costa de maximizar la devastación a mediano y largo plazo destruyendo ecosistemas y acuíferos.

Pero hoy los promotores de esta presa disfrazan sus intenciones. Ahora las enarbolan como obras para controlar inundaciones. Un fin noble. No son las ganancias, es la protección de la pobre gente. No se fije en minucias como la nula planeación que lleva a poner vivienda y rancho a la orilla del río. Tampoco se detenga a pensar en el riesgo que toda presa representa y que es mucho mayor que aquel que queríamos controlar. Una presa retiene un gran volumen de agua tras su cortina. Si ésta falla, la inundación aguas abajo será brutal y catastrófica, como tantas veces ha ocurrido en los 150 años que llevamos de construir presas. No soy pesimista, soy ingeniero. Decir que una presa no fallará es un acto de inocencia o de soberbia sin límite. Estupidez o pocamadrismo. Equivale a dar garantías por toda la eternidad. Es dotar a una obra hecha por humanos con rasgos divinos, mágicos. Es tentar al destino, como con el Titanic. En Guerrero hay un grupo de comunidades que se han opuesto con éxito a la construcción de una gran hidroeléctrica, la Parota. A raíz de las recientes inundaciones en Acapulco, Alonso Quintana, director de ICA, en un ejercicio de pillaje equiparado, osó usar la tragedia para decir que, de haber existido la Parota, los daños hubieran sido menores. A todos nos repugna cuando un ladrón roba en la casa siniestrada. Debería repugnarnos igual el descarado intento por avanzar sus intereses usando la tragedia como argumento. Mayor infamia cuando lo que dice es una mentira. Todos sabemos la pésima planeación urbana de Acapulco. Algunos sabemos la destrucción de manglares y lagunas costeras para asentar hoteles y departamentos. Todos vimos las fotos aéreas de fraccionamientos a la orilla del río y al pie del cerro. Sabemos la deforestación brutal que luego hace deslaves y derrumbes. Este burdo intento de sacar raja de la desgracia cuando aún había niños por rescatar, heridos por atender, bocas por alimentar es imperdonable.

La tragedia de Guerrero se vio amplificada por el colapso de la Autopista del Sol que atrapó gente e impidió el tránsito rápido de ayuda a los damnificados. Hoy sabemos que la joya de la corona de la infraestructura salinista se construyó mal, de prisa, con corruptelas como toda gran obra ¿Quien la construyó? ICA, la empresa del que ahora apunta su dedo hacia la falta de una presa como razón de la tragedia. En los estándares de la gente decente, normal, como usted y como yo, eso es descaro y eso es desvergüenza.

NOTA: Esta columna no se publicó el domingo pasado por un error del autor que pide disculpas por la confusión creada.

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