Crispación

De nuevo, por mi trabajo, me encuentro lejos de Torreón. En España. O eso creo. Estoy en Cataluña verá usted. Vengo de vez en cuando, por motivos de trabajo, desde hace más de 23 años. A veces por períodos prolongados, a veces por períodos cortos. Entre diez días -lo mínimo para que el jetlag salga a cuenta- y dieciocho meses -como para arrancar una nueva línea de investigación. Mi relación con Cataluña me ha llevado a gozar y admirar su cultura y su carácter, una mezcla justa del buen juicio -el seny- y de la vocación desmadrosa -la rauxa. Su comida, su idioma y sus costumbres revelan una cultura que viene de lejos. Y, por supuesto, estos años me han llevado a querer como propia su hermosa, radiante y antigua capital a orillas del Mediterráneo.Desde septiembre de 2012 vengo a Cataluña. Pero mis simpatías por los catalanes vienen de más lejos. La belleza de su lengua, descubierta en las canciones de Llach y Serrat, la resistencia heroica de su población durante la guerra civil, vista en documentales y leída en libros como Homenaje a Cataluña de Orwell y el fútbol del Barça de Cruyff ya me sintonizaban con esta tierra y con su gente. Simpatizaba incluso, con sus anhelos de independencia.Fastforward al 11 de septiembre de 2012. Domingo, vía Laietana. Tras visitar uno de mis edificios favoritos, la Iglesia de Santa María del Mar -la Catedral del Mar- me topé con una manifestación de millones de personas gritando a coro: in-de-in-de-pen-den-ci-á. Gritos que retumbaban en el alto cañón de los edificios. Me quedé boquiabierto. No era mi primera manifestación en Catalunya el 11 de septiembre, día en que los catalanes celebran la caída de su ciudad,y la pérdida de sus libertades,en la guerra de sucesión de 1714, pero sí que era mi primera manifestación independentista de ese tamaño que los medios cifrarían en casi dos millones de personas. Los manifestantes eran jóvenes y viejos, familias enteras con niñas de brazos, incluso inmigrantes venidos de lejos con banderas filipinas o venezolanas. Las banderas eran mayoritariamente las de la independencia, amarillas con cuatro franjas rojas con un triángulo y una estrella añadidos: la estelada o estrellada.Agravios que los catalanes hayan recibido de España son muchos, aunque, creo, con temor a equivocarme, que la mayoría de estos agravios provienen del pasado reciente. Durante la larga noche franquista no sólo Barcelona sufrió bombardeos aéreos que causaron muchas víctimas -entre ellas docenas de niñas y niños en la hermosa plaza de Sant Felipe Neri- sino que se intentó suprimir su lengua criminalizando su enseñanza y aún su uso público. Se prohibieron los nombres catalanes de pila al igual que la Sardana, su baile nacional, y se promulgaron numerosas reglas y leyes cuya única inspiración parecía ser la crueldad.Así la historia, la progresión hacia una mejor vida en mayor libertad en los más de 39 años entre la muerte de Franco y el 11 de septiembre de 2012 es evidente. La cultura catalana florece de forma espectacular, el uso público de su lengua informa al extranjero que está ante una nación antigua, renacida y renovada y juraría que hasta el Barça juega mejor ahora que en tiempos de Cruyff. Pero a pesar de los agravios y rivalidades, y aún que de vez en vez surgían los enconos -como en el boicot impulsado por la derecha contra los productos catalanes por tener el atrevimiento de definirse como la nación que es- Cataluña avanzaba a un estado de convivencia a mi manera de ver, ejemplar. Una manera de ver, la de mi mirada mexicana, claramente desinformada y superficial.Hoy, en diciembre de 2014, lo que se ha instalado en Cataluña es la crispación. El tema de la independencia sólo puede hablarse con quien tenga un pensamiento afín. De cualquier otra manera, aflora la animadversión que a menudo deviene en odio. Eres blanco o eres negro, no hay ya intermedios. Esto ha llevado al alejamiento entre amigos y, a menudo, de hermanas y hermanos. Los medios de comunicación no ayudan y empeoran una situación ya de sí mala. Una pena ver este deterioro de la convivencia, este fracaso de la política, este pésimo manejo -de uno y otro lado- de un tema sensible y delicado. Doloroso por ser una tierra y un pueblo al que quiero. Pero lo que hoy se vive en Cataluña no augura un buen desenlace. 


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