Crear comunidad, hacer ciudad

Cuando una veintena de ciclistas fundamos Ruedas del Desierto nuestro objetivo estaba claro: la promoción del uso de la bicicleta en las ciudades laguneras. No como juguete, no como deporte, sino como medio de transporte. Una de las estrategias para lograr este objetivo era hacer visible a la bicicleta. Dotarla de bicibilidad, si usted gusta. Esto se puede lograr haciendo eventos masivos. Pasear por la ciudad de manera pacífica y armónica haciéndonos notar.
En nuestras estrategias están también las manifestaciones y el cabildeo. Llamar la atención de quienes nos gobiernan para que atiendan el tema de la movilidad urbana desde una óptica de modernismo ilustrado y sustentabilidad. Los ejes de nuestras demandas son sencillos. Una mayor infraestructura para la movilidad a pie o con pedales. Un marco legal incluyente que dé seguridad a los usuarios más vulnerables de las vialidades (personas con discapacidad, peatones y ciclistas), es decir, reglamentos que resalten nuestro derecho a un tránsito cómodo y seguro, como ya lo estipula el Reglamento de Tránsito Metropolitano de la capital del país. El tercer eje es la creación de un consejo ciudadano de movilidad sustentable que vea por los derechos de las personas con discapacidad, los peatones, los ciclistas, los usuarios del transporte público, los motociclistas, los automovilistas y los transportistas de carga. En ese orden jerárquico preciso. Hemos avanzado en hacernos bicibles. Esto lo logramos día a día con los paseos organizados que llegan a reunir a varios centenares de ciudadanas y ciudadanos a lo largo de la semana. Esta visibilidad ha derivado también en una mejor convivencia cotidiana entre automovilistas y ciclistas.
Pero los paseos de Ruedas del Desierto han derivado en otros logros que ninguno de los fundadores anticipamos. Nuestros paseos nocturnos no sólo logran que muchas personas se animen a pedalear sino que ha ayudado a que venzan el miedo con el que la inseguridad nos tenía atenazados. Desde que la ola de violencia actual inició, la respuesta de casi todos ha sido el encierro. El miedo extingue la vida pública. El abandono de los lugares públicos imposibilita la interacción entre los ciudadanos, el debate. La ciudad muere.
Nuestros paseos nocturnos los miércoles en Torreón, los jueves en Gómez Palacio y Lerdo y cada dos sábados en donde haya algo interesante que ver desde la bici, han permitido que cientos, quizá miles, de laguneros y laguneras de todas las edades, credos, convicciones políticas y condición social salgan a la calle a convivir, a divertirse, a pasar un buen rato.
Luego vienen las consecuencias personales de realizar actividades en comunidad. Lazos de amistad que se forjan entre quienes eran perfectos desconocidos. Lazos que aparecen cada vez que echamos la mano cuando alguien tiene un problema. Las palabras de ánimo, la reparación de una ponchadura, la recolocación de una cadena que se brincó, la curación de un raspón. En suma, la posibilidad de desplegar numerosos actos pequeños de gentileza, de civilidad y de cariño que ayudan a que los perfectamente extraños se conozcan y se vean como amigos. Esta amistad virtuosa, en el sentido aristotélico del término, es la amistad duradera, de la que pueden salir cosas muy buenas. Buenas para quienes la cultivan pero buenas también para la comunidad en general especialmente cuando la amistad se da en el contexto de una tarea y una visión compartidas.
Y quizá esto es una de las satisfacciones más inesperadas y directas de la acción de Ruedas del Desierto. Esta creación de lazos, de voluntades trenzadas, esta creación de una comunidad en donde no la había, no es un aporte menor a la construcción de una ciudad mejor y de un mundo mejor. Creo que este ambiente inesperado, construido por cientos de personas, ha creado también una filosofía de paseo curiosa y única. En Ruedas del Desierto ponemos por encima de todo el bienestar de todos y todas los paseantes.
En ocasiones sucede que nos acompaña algún pequeño, como el jueves en Gómez Palacio. Era la primera vez que tanto él como su padre que lo acompañaba, se aventuraban a las calles de noche. La columna paciente circuló a la velocidad de ellos. Era impensable dejarlos a su suerte y nos acompañaron y se divirtieron hasta que decidieron abandonar el paseo. La diversión del resto de la columna se vio matizada -amplificada- por la de ese padre y ese niño que por primera vez venían a acompañarnos.
Queremos más gente en bici. Queremos mejores infraestructuras. Queremos mejores reglamentos. Queremos un consejo que represente a todos los usuarios de las vialidades. Pero  en el camino a lograr esas metas hemos aprendido otra lección en Ruedas del Desierto: queremos ser felices y queremos que muchos sean felices. Nos damos la mano y nos protegemos. Nos gustaría que quienes aún no experimentan un paseo de Ruedas del Desierto sepan que son bienvenidos con la garantía de que pasaremos un buen rato construyendo una comunidad mejor y una ciudad mejor. Construyendo el mundo que queremos.



  twitter.com/fvaldesp