Chile

Teníamos menos de veinte años deseando viajar a Chile. Un país querido por muchas y profundas razones. Mi despertar a la participación política, en mis años de preparatoriano en el Tec de La Laguna, estuvieron marcados por el triunfo electoral de Salvador Allende, candidato que al cuarto intento llegó a la presidencia de Chile con los partidos de la Unidad Popular. En aquellos tiempos nos gustaba cantar y teníamos un grupo en el tec cuyo repertorio incluía a Judith Reyes, compositora mexicana, y a un buen número de cantantes, grupos y autores de lo que se conociera como Nueva Canción Chilena: Víctor Jara, los Parra (Violeta, Isabel y Ángel), Quilapayún, Inti-Illimani, etc. Eran cantos con humor y con pasión. Cantos que destilaban la esperanza de un mundo mejor.
Que la izquierda ganara el poder por medio de las elecciones era un hecho no inédito, pero sí novedoso. Aquellos intentos que le precedieron terminaron mal, de manera violenta. Arbenz en Guatemala y Gaitán en Colombia así lo probaban. Todos sabemos como acabó aquel experimento. No hace falta reseñarlo. Pero quepa decir que los tres años del gobierno de Allende fue una historiar que seguí azorado en las páginas de los diarios. Los nombres de René Schneider, Gladys Marín, Clodomiro Almeyda, Orlando Letelier, Eduardo Frei, Carlos Prats, Bernardo Leighton, Luis Corvalán estuvieron presentes en mis lecturas preparatorianas.
El 13 de septiembre de 1973 -dos días después del golpe y la muerte de Allende, acudí, ya estudiante politécnico, a un mitin frente a la embajada chilena en el Paseo de la Reforma. En aquellos tiempos el gobierno de Echeverría no permitía ningún tipo de manifestación en la Ciudad de México, así fuera en solidaridad con Chile. Había más granaderos que protestantes. En medio de los discursos -nos arengaba Hugo Gutiérrez Vega, creo- alguien puso un bote de pintura negra con una brocha en mis manos. Junto a ese alguien empecé a pintar una consigna en la banca de cantera. De “Muera Pinochet” sólo alcanzamos a pintar MUE    PINO pues una cargada de granaderos aullando como locos, garrote en mano, nos obligó a salir corriendo.
Quizá no haya años que nos marquen tanto como esos primeros años lejos del hogar, en la universidad. Recuerdo ahora como si de ayer se tratara, como cayó sobre Chile la noche negra. Vinieron las ejecuciones, los cadáveres flotando en el Río Mapocho, el Estadio Nacional convertido en campo de concentración. Nuestra diplomacia tuvo entonces quizá su mejor hora salvando la vida de numerosos chilenos que se vieron forzados a huir al exilio.
Fast-forward a 1986. Llego a Newcastle, la ciudad industrial en el noreste inglés. Como los primeros años lejos de tu casa, los primeros años fuera de tu patria también te marcan. Las caras, los paisajes, los afectos, los sabores y el clima tan distintos a los que siempre has conocido son leña para la hoguera de la curiosidad como hielo para la tristeza de las añoranzas. Pero pronto encontramos en Newcastle gente de ojos cafés que hablaban castellano. Los sonidos, las caras y los sabores familiares son como una balsa que ayuda navegar los días grises y lluviosos. La comunidad latinoamericana de Newcastle era pequeña pero cálida. Giraba en torno de la campaña de solidaridad con Chile y sus anclas eran Víctor Fenick y María Figueroa, exiliados.
Los casi cuatro años que estuve ahí no sólo sirvieron para que completara mis estudios sino para cultivar también amistades profundas, intensas que han sobrevivido el paso de ya casi un cuarto de siglo como las de María y Víctor y de sus hijos Eduardo, Víctor, Rodrigo (que con Claudia, su esposa son nuestros compadres), Pedro y Raquel. María y Víctor volvieron a Chile cuando al fin hubo condiciones para hacerlo. Mantuvimos el contacto a través de sus hijos que  permanecieron en Inglaterra, donde habían crecido y formado sus familias.
Durante veinte años Patricia, mi esposa, y yo nos prometimos ir a Chile a visitarlos. Por una u otra razón nunca pudimos. Víctor falleció hace cuatro años. En su casa, rodeado del amor de su mujer, de sus hijos y de su hija. Este invierno, por fin, pudimos ir a Chile, un país hermoso como ninguno. Un país y su capital del que tenía yo un mapa mental casi olvidado. Un mapa antiguo forjado por la literatura, por las noticias que llegaban del experimento de la Unidad Popular y del sangriento golpe. Un país del que teníamos ya muchas referencias culinarias merced de la generosa cocina de María y Víctor en Newcastle: las empanadas de horno, el pastel de choclo, los porotos con mazamorra.
Dicho de otra forma, iba a Chile por vez primera, pero de alguna forma iba también a encontrarme conmigo mismo. A recuperar una parte casi olvidada de mí. El recuerdo de quien soy. Por eso volver a ver y a tomar la conversación con María y con Raquel su hija tras más de veinte años como si apenas nos hubiéramos visto ayer, visitar La Moneda, hacer una pausa silenciosa y emocionada frente a la estatua de Salvador Allende y comer de nuevo aquellos sabores casi olvidados fue muchísimo más potente que un simple paseo de un turista por otras tierras.


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