En Chiapas

-Para León, Areli, Alejandra y Agustín. Para la Bicired, plena de pedales.


Por tercera vez en mi vida, estoy en Chiapas. La primera, por motivos de trabajo, en mayo de 1993, fui testigo de grandes movimientos militares. Muchos meses después supimos que aquellos movimientos obedecían al primer enfrentamiento entre fuerzas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Ejército Mexicano. El salinismo, espantado, ocultó aquello con la ilusión de que los problemas desaparecen si no los nombras, si no piensas en ellos. Luego vino el año nuevo de 1994 y todos en México nos dimos cuenta, de pronto, que los indígenas existen y que no habíamos sido justos ni amables con ellos. La segunda vez fue durante mi primer sabático, en el verano de 1996. Entonces conocí más de Chiapas, fui a Palenque y, por escasas horas, me perdí el honor de conocer en persona a Linda Schele, la legendaria epigrafista e iconografista usamericana que avanzó enormemente la comprensión de la escritura maya y la cosmología de los mayas de la antigüedad y del presente. A Linda la conocí por sus libros e intercambiamos algún email. Desgraciadamente, murió prematuramente en 1998.Schele descubrió, por ejemplo, que aquel sincretismo que todo mundo observaba en las celebraciones de Semana Santa en Chamula y Zinacantán conectaban con más vigor con las ceremonias del mundo maya antiguo que con las creencias católicas, tan recientes. Las cruces y las puertas de estos pueblos eran pasadizos al inframundo, a Xibalbá. Llevaban al mitológico juego de pelota entre los dioses y los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, juego en el que reside el centro mismo de la creación maya. El tenue barniz católico fue una genial estrategia de los mayas a la feroz y sangrienta imposición de la religión católica, estrategias que les han servido a ellos y al resto de nuestros pueblos originarios a sobrevivir con su cosmología casi intacta.Más que sorprenderme, las lenguas que ayer oí en las calles de San Cristóbal, en boca de las multitudes de turistas -alemán, sueco, italiano, catalán, francés, inglés- me sorprendió y me entibió el corazón oír niños y adultos hablando, jugando y discutiendo en tzotzil y tzeltal y quizá, no lo sé, en tojolabal. En este mundo que va a la ruina tenemos más de una lección a aprender del ejemplo de resistencia y de resilencia maya.Pero las cabras se me fueron para el monte. Lo que yo quería contarles, desde hace varios renglones, es que vine a Chiapas al Séptimo Congreso Nacional de Ciclismo Urbano, el encuentro de la Bicired, a la que pertenece Ruedas del Desierto. La Bicired pugna por avanzar la agenda ciclista en nuestro país: que haya mejores reglamentos, mejores instituciones, mejores infraestructuras. Una ocasión única para ver a viejos amigos y para conocer a nuevos. Me sorprendió -y me enorgulleció, faltaba más- la cantidad de camaradas que han oído de La Laguna a través de la trayectoria de Ruedas del Desierto. Toda proporción guardada, los ciclistas urbanos somos un grupo social parecido a una etnia. Usamos un lenguaje común, tenemos una firme concepción del mundo -del mundo en el que vivimos y del que queremos habitar- y al que una buena parte de la sociedad -el ala cochícola- nos considera lentos, molestos y atrasados. Los Bicitekas, decanos de los grupos pedales, le atinó en identificarse con una tribu perdida de ciclistas prehispánicos que ya deambulaban en la Gran Tenochtitlán.Pero los ciclistas no somos parte del pasado. Como los mayas, somos heraldos del futuro. Mostramos hoy y aquí, que otras calles son posibles. Que hay un nuevo mundo por descubrir cuando te subes a una bici. Un mundo más feliz, más tranquilo, más amable. Un mundo silencioso, tranquilo, introspectivo y sano. Un mundo en el que al moverte oyes las pláticas de los demás, en el que escuchas los altos llamados de los loros sobrevolando el cielo gris de Caña Hueca y las sincopadas y musicales voces de los niños mayas jugando y corriendo en la Plaza de Santo Domingo, en el corazón de San Cristóbal.  


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