Cero muertes

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, tiene muy poco de estar en el cargo. Lo mismo que Miguel Riquelme tiene de ser alcalde de Torreón. Unos meses menos que Luis de Villa y José Miguel Campillo en Lerdo y en Gómez Palacio. Es el primer alcalde demócrata en esa ciudad de los últimos veinte años. No es mi intención compararlos. Gestionar Nueva York debe ser más difícil atendiendo a su tamaño y complejidad climática, urbanística y social.
Este martes el alcalde de Nueva York lanzó un programa complejo con una meta ambiciosa pero realizable: reducir a cero las muertes por accidentes de tráfico. El plan contiene, por supuesto, elementos de educación vial, pero también aplicaciones tecnológicas, cambios legislativos y regulatorios y un fuerte componente de participación comunitaria.
¿Qué inspiró a de Blasio a lanzar este programa denominado “Plan de Acción Visión Cero”? Una idea muy simple: que el primer deber de un gobernante es proveer de seguridad a sus gobernados. Verdades diáfanas que, por algún motivo, suenan extrañas en el contexto lagunero. El plan del alcalde de Nueva York admite que cada muerte en un accidente vial es una muerte inaceptable por evitable.
El contraste con La Laguna -con México- es inmenso. Aquí, las muertes de tráfico son tomadas colectivamente -no sólo por los gobernantes sino por todos- como muertes inevitables, causadas por un designio divino o por una fuerza indomable de la naturaleza. Muertes “normales” con las que no hay nada que hacer.
En los medios impresos, incluyendo este, esas muertes son a menudo pretexto para el chascarrillo, para el humor cruel. ¿Cuántas veces hemos leído “Ciclista -o peatón- muerto por un auto fantasma”? Se transfiere un homicidio con víctimas y victimarios reales, de carne y hueso, con nombre y apellidos, al terreno de lo sobrenatural. No se trata de una tragedia con un responsable, identificable por el taller mecánico donde llevó su coche abollado, por la tienda de parabrisas, por el vecino o el familiar que se dio cuenta de lo que pasó. No. Fue un auto fantasma. Algo irreal, inexistente. Y a otra cosa mariposa. No hay manera -créame, lo he intentado- de convencer a las redacciones locales que este trato chusco de una tragedia es inaceptable y ofensivo para las víctimas y sus familias. Que los convierte en cómplices del homicida y de la impunidad.
El primer deber del gobernante es dar seguridad a sus gobernados. Pero Bill de Blasio sabe que la reducción de las muertes por el tráfico no es posible sin la participación de la gente, sin la disposición de los peatones, los ciclistas y los automovilistas para cambiar conductas y para considerar la seguridad del otro. Que no se podrán reducir las muertes sin el concurso de los activistas de la seguridad o la rectitud y energía de las fuerzas del orden. Reconoce que hace falta medir y analizar. Que urgen más carriles bici y banquetas más anchas. Que se requiere tecnología e infraestructura para modificar cruceros peligrosos, para calmar el tráfico y para establecer zonas 30 efectivas. Las zonas 30 son áreas de las ciudades en donde se limita la velocidad de los coches a 30 kilómetros por hora. A esa velocidad puede haber accidentes y heridos, pero no muertos. Las zonas 30 son una medida despreciada desde la ignorancia profunda por el pomposo e inútil Consejo de Vialidad de Torreón que se opone a ella de manera irreductible.
Un mecanismo a implementar en Nueva York es la colocación de cajas negras en los taxis. Si el taxista sobre pasa la velocidad límite, se castiga la tarifa y el pasajero paga menos.  También incluye la construcción de nuevos camellones y la ampliación de los existentes, cuando en La Laguna los quitamos del Miguel Alemán, del Independencia y del Diagonal Reforma haciendo la vida mucho más peligrosa para peatones y ciclistas, pero más cómodo para los miles de automovilistas que a diario violan el límite de velocidad.  
El ejemplo de Nueva York, con este plan moderno, ilustrado, compasivo y racional, me lleva a insistir en la pregunta que vengo haciendo hace años ¿Nos hace falta un consejo de automovilistas que en la práctica busca calles más cómodas para los autos pero más peligrosas para la mayoría de los torreonenses?
Con el ejemplo neoyorquino, va llegando el momento de llevar el tema de vialidad en nuestras ciudades en otra dirección. Hacia un consejo que vea por la seguridad de todos los usuarios de las vialidades (personas con discapacidades motoras, peatones, usuarios del transporte colectivo, ciclistas, motociclistas y automovilistas). Un consejo cuya misión central sea reducir la cantidad de muertes absurdas e inaceptables. Que diseñe un reglamento vial metropolitano que refleje los valores del amor por la vida y por la civilización. ¿Es mucho pedir señores alcaldes? Si así lo fuera, les pido respetuosamente nos indiquen el número de muertos en accidentes viales que pretenden lograr este año. Y los que siguen.


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