Centenarios

Estos días tuvo lugar Biodiversa 2014, la doceava edición de un encuentro sin igual en el norte de México. Público de todas las ocupaciones, edades e intereses confluimos para informarnos, compartir visiones, adquirir conocimientos y reafirmar compromisos en el interés que nos une por el ambiente. Biodiversa es posible gracias al generoso patrocinio de gobiernos y de empresas, la hospitalidad del Tec de Monterrey y el entusiasmo y compromiso de los miembros del comité organizador formado por funcionarios federales, estatales y municipales, cámaras empresariales, ambientalistas, instituciones educativas públicas y privadas, voluntarias y voluntarios. Pero sobre todo, Biodiversa debe su éxito al entusiasmo del público que en ella participa.En el discurso inaugural, recordé que en 2014 se cumplen varios centenarios notables. Se cumplen cien años del inicio de la carnicería que fue la primera gran guerra. En esta guerra se usaron, en una escala diabólica, los venenos químicos para aniquilar al enemigo. Esos venenos, que horrorizaron al mundo, volvieron décadas después como las armas de nuestra demencial guerra contra la naturaleza. Sí, me refiero a los plaguicidas usados sin conciencia alguna contra aquellos insectos que la industria del monocultivo llama plaga o contra aquellas plantas que esa misma industria llama yerba.Si me permiten un apunte personal, se cumplen también cien años del nacimiento de mi padre, Bulmaro Valdez Anaya, hecho que trasciende el ámbito meramente personal, pues él fue pionero de la investigación sobre salud ambiental en La Laguna. También se cumplen cien años de la muerte de Martha. Martha no tuvo apellidos porque Martha no era una persona. Martha fue la última paloma pasajera, Ectopistes migratorius. Murió sola, vieja, en el Zoológico de Cincinatti. En sus últimos días las personas que iban a ver a Martha le lanzaban grava y le gritaban pues querían que hiciera algo, que no se quedara estática en el suelo, esperando su muerte que sería la muerte de su especie. El público se quejaba con el administrador del zoológico pues consideraban que aquella pasividad constituía un fraude. Así murió el último individuo de una especie que fue en su tiempo, apenas cincuenta años antes de la muerte de Martha, el ave más numerosa del planeta Tierra. Un ave cuya migración tapaba la luz del sol durante días. Más de cuatro mil millones de palomas pasajeras poblaban las tierras de nuestro vecino del norte y de pronto sólo existió Martha y luego nada. A fuerza de destruir los bosques de encinos y avellanos, de incendiar sus sitios de pernocta y de cazarlas para la industria restaurantera de todo ese país los humanos terminamos con esa maravilla alada.La extinción de una especie es una tragedia sin fondo y sin orilla.  Peor si es nuestra especie responsable. Significa la desaparición -para toda la eternidad- de un linaje que se remite a los primeros años de nuestro planeta. De una especie cuyos ancestros habían logrado sortear todo tipo de retos y obstáculos que les hubiera lanzado el destino. Impacto de cometas, vulcanismo, millones de años sin respiro de intenso frío y calentamientos globales que hicieron desaparecer los hielos del planeta y pusieron bosques en el polo norte. Para ponerlo en las atinadas palabras de Paul Hawken, la extinción es la muerte del nacimiento. El fin de la evolución. La cancelación de la promesa.La extinción es un drama que no sólo se desarrolla en las sabanas de África o en los bosques de bambú de China. Nuestra comarca ha sido escenario de extinciones en el pasado reciente. Quizá doce o más especies de peces han desaparecido en los últimos 80 años de las aguas del Nazas y del Aguanaval. Una tortuga que habitaba el manantial Juan Guerra en Viesca, desapareció en los años cincuenta. Fue la primera tortuga terrestre en extinguirse en nuestro país. Hace nada en la historia del planeta. Hoy mismo la lagartija de las Dunas de Bilbao, Uma exsul, tiene su destino en la balanza por lo restringido de su rango y por el uso irresponsable y desordenado que hemos hecho de su hábitat. Apenas antier el gobierno de Coahuila decretó a las dunas de Bilbao como área natural protegida voluntaria lo que ayudará sin duda a proteger a la lagartija de las dunas.En Biodiversa aprendimos de murciélagos y de jaguares. De perritos llaneros y de águilas. De calentadores solares y de huertos. De pájaros y de gobernanza ambiental. De calentamiento global y de insectos. De lagartijas y de áreas naturales protegidas. Y lo hicimos cultivando el sentido de la maravilla pero también la ternura y la indignación. Biodiversa no fue -nunca lo es- un foro para asustar o para llorar desconsolados. Las malas noticias son muchas y nos llegan con frecuencia creciente. Pero quienes asistimos a este evento no nos apanicamos. Aprendemos y dialogamos. Nos armamos de conocimiento pero también de valor y determinación para lo que habrá que hacer en los días y los años por venir.  


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