El Cañón de Fernández, en peligro

El 1 de febrero, la víspera del Día de los Humedales, hicimos un divertido paseo en bici por el Parque Estatal Cañón de Fernández. Junto a la gloria que son los sabinos rojos de invierno y los patos y el semidesierto aledaño pudimos ver el desastre.

Las labores de “limpieza” y de “poda” realizadas por la Dirección de Ecología y Medio Ambiente de Lerdo con los inagotables recursos monetarios de Roberto Valdepeñas han causado un grave daño al parque. Por confesión propia del Director de Ecología de Lerdo en los medios locales a finales de 2015, supimos que dichas labores fueron hechas de manera ilegal, saltándose todos los reglamentos aplicables al caso. Pusimos una denuncia ante las autoridades de Profepa, misma que fue ya admitida, quedando a la espera del resolutivo y la sanción a las que se haya hecho acreedor este funcionario.

En el paseo pudimos ver varios mezquites talados, con un diámetro mayor a los 15 centímetros y la acumulación desordenada de ramas y residuos de mezquite, de chicura y de carrizo en tramos largos de cientos de metros del camino. Estos amontonamientos desordenados constituyen un riesgo mayúsculo de incendio. A pocos metros de los milenarios y centenarios ahuehuetes.

El trabajo descuidado, chapucero y poco profesional realizado en esas actividades ponen en peligro elevadísimo el patrimonio natural de los laguneros. La obligación de Eduardo Escobedo, Director de Ecología de Lerdo, jurada ante la Constitución, fue cuidar y preservar este patrimonio. El material que dejó abandonado, el combustible, debió haber sido retirado para su confinamiento o su repartición entre los habitantes del Ejido El Refugio de acuerdo a un programa, en este caso inexistente.

Pero en la prisa por demostrar estar “haciendo algo” Eduardo Escobedo y Roberto Valdepeñas han causado un daño a los mezquitales del cañón y han puesto en un grave riesgo a los viejos ahuehuetes que tanto han soportado a lo largo de ocho, diez, doce y hasta más siglos.

Indigna entonces que Eduardo Escobedo, tras haber creado este peligro, se autorecete elogios por haber apagado varios incendios en el parque. Por más dinero que le invierta al disfraz, el depredador nunca pasará por conservacionista. Ni el pirómano por bombero.


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