Caminar nos hizo humanos

Cada que definimos lo que nos distingue del resto de los animales, nos hacemos bolas. Creamos barreras arbitrarias. Que si el lenguaje. Que si el uso de herramientas. Cada distinción que nos asignamos cae por los suelos.

Entre otros animales hay lenguajes, oficios, culturas. No estamos bordados a mano. No nos parió Zeus.Pero si la pregunta es qué nos hizo humanos, hoy hay un consenso. No es la gran capacidad craneal sino otro rasgo, mucho más antiguo: el bipedalismo.

Caminar nos hizo humanos.Durante algún tiempo se pensó que el bipedalismo surgió de la necesidad de encontrar presas y detectar depredadores en las condiciones de la sabana del África Oriental.

Con la vista alta, el homínido podía ver por arriba del pasto y conseguir así comer y no ser comido. Hoy se cree que caminar fue una adaptación a un modo de locomoción más eficiente en un sitio sin árboles.

El bipedalismo también liberó los brazos y las manos para transportar cosas, para cazar, para fabricar. Sin manos libres es difícil imaginar el dominio sobre el fuego.El bipedalismo exige otras adaptaciones como una cadera estrecha. De ahí el nacimiento de bebés inmaduros, faltos de desarrollo, inermes.

La madre, con toda seguridad forrajeadora, debía dejar al bebé para dedicarse a recoger las nueces o las flores o los frutos o los tubérculos. La cría, al sentirse abandonada, lloraba. La madre, para tranquilizarlo, le hacía ruiditos para informarle de su cercanía. Así pudo haber surgido el lenguaje.

Caminar, seguramente, desató toda esta cascada de eventos que hizo de nuestros ancestros -y por tanto de nosotros- lo que hoy somos.

Cazar en la soleada sabana, a base de perseguir hasta el cansancio a la presa, requería de un sistema de enfriamiento eficiente. Quizá por ello tenemos poco pelo corporal y muchas glándulas sudoríparas.

Caminar es un hecho radicalmente humano, que nos conecta a través de millones de años con nuestros ancestros más remotos.

La próxima vez que camine, hágalo deliberadamente, sin una pantalla de celular enfrente, por el sencillo placer de hacerlo y de recordar quiénes somos y de dónde venimos. 



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