A Brasil en bici

Hace años leí la historia que el nombre de Brasil venía del árbol llamado “palo de brasil” (nombre científico Caesalpiniaechinata), un árbol que, al quemarse, produce brasas de muy larga duración. El palo de brasil da también la dura madera que se usa para hacer los arcos de los violines, violas, violoncelos y demás instrumentos de cuerda que se tocan con un arco. El palo de brasil ha sido explotado ferozmente durante siglos pues del corazón de su madera se extrae un colorante rojo muy apreciado. Ya en 1501, a quienes se dedicaban a la extracción de este colorante se les llamaba brasileiros, apelativo que ahora cubre a todo aquel de nacionalidad brasileña. El comercio y la exportación a todo el mundo de este árbol no solo contribuyó a la destrucción de la selva atlántica sino propició el establecimiento de un régimen esclavista como el que más tarde caracterizaría a la explotación del caucho tierra adentro, en la amazonia peruana y brasileña. Para cuando la industria química produjo colorantes sintéticos en 1875 ya el árbol era escaso y el declive de la selva atlántica era evidente. La explotación del palo de brasil se ha reducido hoy en día. Mayormente porque su explotación insustentable y centenaria lo ha puesto en peligro de extinción. Con todo, a escala reducida, sigue dándose un nivel de extracción, bajo y local, para usos medicinales. De hecho su corteza se está investigando por sus propiedades anticancerígenas. La producción de arcos para instrumentos de cuerda sigue siendo un problema pues para producir un arco se usa sólo del cuatro a seis porciento de la madera y el resto se desperdicia. De hecho, una coalición de grandes músicos y lauderos formó una fundación para la conservación del palo de brasil.Si nos acercamos al árbol, sobre todo en su estado natural, podemos ver que más que un organismo, es un ecosistema. Sirve de soporte a innumerables especies de epífitas. Bromelias y orquídeas, musgos y helechos engalanan su tronco y sus ramas. En toda esa profusión de color, de flores y de hojas se asocian pequeñas ranas, escarabajos, hormigas, lagartijas, colibríes y mariposas. Un pequeño ecosistema que sólo funciona, que sólo se entiende, en el contexto del ecosistema mayor: la selva atlántica.Sólo quedan en Brasil girones de selva atlántica. Basta ver la distribución demográfica  del país para entenderlo. Mayormente, Brasil fue colonizado, poblado, por el litoral. La desastrosa ocupación del interior amazónico y del Pantanal ha ocurrido recientemente. Por eso, los mecanismos de destrucción de la alocada actividad humana han tenido más tiempo para operar sobre la selva atlántica. Y aún así, estos harapos de bosque que quedan no dejan de dar sorpresas. Tan recientemente como 2006 se describió una nueva especie de mono capuchino.   En un ecosistema secularmente deteriorado, densamente poblado y sumamente estudiado. Pareciera que esta complejidad, advertida a nivel de un árbol, no se pierde si uno cambia de escala. Es complejo el bosque atlántico. Brasil es complejo. En lo natural, en lo histórico y en lo social. Brasil es, en suma, y aunque sea una sorpresa, mucho más que carnaval y futbol.Ahora, le pido su indulgencia. No me malinterprete. Me gusta el fut y -más o menos- voy siguiendo el Mundial. Sigo el mercado de fichajes y toda noticia que ataña a los equipos que sigo: el Barça y el Santos (en ese orden). Pero lo que encuentro más relevante de este mundial son dos cosas: los memes de #noerapenal” que despliegan nuestro humor y nuestro ingenio y la  insólita travesía, iniciada en diciembre de 2013, por Héctor Luján, Ángel Martínez y Juan Luis Sube.Estos tres intrépidos ciclistas decidieron irse en bici hasta Brasil. Su objetivo no era solamente llegar a tiempo para ver el mundial, sino poner de relieve el papel de la bici como un medio de transporte eficiente, económico y no contaminante. Exigir la construcción de infraestructura segura para los ciclistas ¿Qué mejor manera que realzar el poder del biciclo y alzar estas reivindicaciones que atravesar catorce países recorriendo más de diez mil kilómetros en bici?Ángel, Héctor y Juan Luis tuvieron un sueño. Quizá el sueño era llegar a Brasil en bici. Pero en el camino, como Odiseo yendo a Ithaca, descubrieron que su sueño se cumplía no al final, sino cada día. Esa admisión en boca de ellos es quizá lo que más me emocionó de su relato.Juan Luis Sube es tapatío. Ángel Martínez y Héctor Luján, son dos laguneros a quienes conocí en Ruedas del Desierto. Sus padres también han acompañado a Ruedas del Desierto algunas noches de miércoles. De hecho Ángel representó a Ruedas del Desierto en dos Congresos Nacionales de Ciclismo Urbano. El cuarto en Monterrey (2011) y el quinto en la bella Oaxaca (2012). Pero aunque no tuviéramos esta bicirrelación igual nos llenaría de orgullo su hazaña. Pero siendo Ruedas del Desierto este orgullo se viste de empatía y de especial gozo. Esperamos su vuelta a nuestra tierra para rodar con ellos en su honor y en honor de su proeza. 


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