Bogotá

Bendito coffee-break. Como a menudo sucede cuando ando fuera, perdí la noción del tiempo. La emoción de volver a ver amigas, amigos y colegas en un teatro totalmente nuevo -la capital de Colombia- me hace perder el sentido en el que la semana va avanzando. Hoy es viernes. Cuando debo escribir esta columna que usted con indulgencia lee desde el otro lado. El coffee-break me ha salvado dándome unos minutos para empezar a poner en orden mis ideas. Me encuentro en Bogotá para el Noveno Congreso Iberoamericano de Sensores. En el plano profesional alucino cuantas cosas nuevas y avanzadas hay para aprender en el campo de los sensores en Iberoamérica. De las nueve ediciones de Ibersensor sólo me he perdido una. Asistir a este congreso a exponer las contribuciones de mi grupo me ha permitido conocer personas y lugares memorables. Haciendo a un lado el estrés de exponer el trabajo propio ante las mentes inquisitivas -y necesariamente críticas- de mis colegas, ir a otras latitudes implica también exponerse a otras vistas, otros olores, otras atmósferas, otras aves que surcan otros cielos, otros sabores y otros modos de hablar y de ser.“¿Le colaboro?” es “¿Le ayudo?”. “Cancelar la cuenta” es “pagar”. “Arequipe” es “cajeta”. “Quihubo” es “quihubo”. Se come el maíz pero no es nixtamalizado y esto le da a las arepas, a las arepas rellenas (gorditas de maíz no nixtamalizado) y otros platillos basados en maíz otra consistencia y, claro, otro sabor. Merced de su altitud, la ciudad es fresca y en momentos, fría. Limpia, ordenada, pero con demasiados coches y muchos, aunque no suficientes, autobuses y ciclistas. Ignoro la cifra precisa pero deben ser cientos de kilómetros de ciclopistas las que surcan la ciudad. Así como cientos de kilómetros de BRT (siglas de Bus Rapid Transit), como técnicamente se denomina a los buses como el Metrobus de la Ciudad de México llamado aquí Transmilenio. Tanto las ubicuas ciclopistas como los ubicuos autobuses como los ubicuos peatones revelan la delantera de muchos años que tiene Bogotá aplicando políticas de movilidad ilustradas. También pueden verse algunos errores como las ciclopistas trazadas sobre las banquetas las que, supongo, generan riesgos y fricciones entre pies y pedales.El habla es suave y delicada. El talante, amable. A pesar de lo que Colombia ha vivido, Bogotá se siente segura y tranquila. Aunque debo matizar esta impresión con los cortos desplazamientos y los escasos contactos que he tenido. Finalmente buena parte de mi tiempo lo he ocupado en estar en lo que me trajo, el congreso.Pude visitar el Museo Botero y el Museo del Oro. Ambos espectaculares y de clase mundial. El Museo Botero se funde en un gran complejo formado por un igualmente impresionante Museo Numinsmático y otro museo que aloja la colección de arte del Banco Nacional. En este último pude ver una exposición de grabados de Alberto Durero que quizá nunca hubiera podido ver en lo que me reste de vida. Todos los museos, gratuitos. El Museo del Oro lo fue gracias a mi credencial del Inapam. Colombia le facilita las cosas a los adultos mayores, sean suyos o no. Una cosa rara. Colombia tiene el mismo uso horario que Torreón, a pesar de tener en medio casi cuatro mil kilómetros hacia el sur y hacia el este -de allá para aquí- o hacia el norte y poniente, de aquí para allá. Por esta anomalía, ahora, mediando octubre, amanece a las cinco y media de la mañana y oscurece antes de las seis de la tarde. Lo del frío es también sorprendente teniendo en cuenta lo cerca que Bogotá está del ecuador con apenas cuatro grados de latitud contra los veinticinco y medio de Torreón. Por su cercanía del ecuador y por sus días de duración casi uniforme, uno esperaría más calor. La altitud, de 2600 metros sobre el nivel del mar no explica del todo los veinte grados de máxima y los diez de mínima que Bogotá experimenta casi todo el año.Un privilegio poder respirar otros aires, oír otros sonidos y ver otras vistas. Volver a ver a amigas y amigos entrañables. Y un verdadero gusto que usted me de la oportunidad de contárselo aquí.


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