Bob Dylan

No conozco a Bob Dylan. No hemos sido presentados. No lo conozco a pesar que a principios de los setentas estuvo en Torreón, filmando con Sam Peckinpah la icónica Pat Garrett and Billy the Kid.

Yo estaba en la Ciudad de México y de lejos supe de su estancia en nuestra ciudad. Peckinpah ya había filmado en 1967 y 1968 The Wild Bunch en locaciones del Nazas y de Parras y volvía a locaciones familiares quizá a intentar superar su éxito en el género de las películas de vaqueros.

Pero a Dylan lo conozco en sentido figurativo e íntimo ya que ha escrito e interpretado una parte importante del soundtrack de mi vida. Ya oíamos a Dylan cuando nuestra maestra de tercero de secundaria de literatura inglesa nos hizo abordarlo -junto con Joni Mitchell y lo último de The Beatles- como sujetos genuinos de estudio.

Su clase era una gozada. Una genuina búsqueda intelectual en aquello que en esos años adolescentes nos gustaba.Pero nunca conocí a Dylan. Si ocupan el dato Chimes of Freedom es su canción que más me llega aunque no todos sus discos me gustan.

El álbum Dylanesque de Bryan Ferry hecho de covers de Dylan es una joya y un bálsamo para todos aquellos que, como mi esposa, no aguantan la voz tipluda del maestro de Duluth.Aun cuando, como a todo mundo, me sorprendió enormemente que le dieran el Nobel de literatura creo que tiene todos los merecimientos para haber sido galardonado.

Siguiendo sus raíces pude dar con la obra de gigantes como Huddie Ledbetter (Leadbelly), Woody Guthrie y Pete Seeger, pilares de la música tradicional usamericana y tierra fértil de la que el árbol de Dylan y tantos otros se nutrieron.

Hoy las legiones snobs están que trinan por este polémico Nobel. No es para menos, la decisión del comité fue una decisión sísmica que cambiará este premio para siempre. Una decisión tan justa como rasgadora. Una decisión que, curiosamente, ha cambiado la forma en que ahora oigo -la forma en la que oímos- a Dylan. 


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