Bicis en la Roma

Me encuentro en la Ciudad de México por motivos de trabajo. Aprovecho la vuelta también para tener pláticas que blinden la integridad del Sitio Ramsar 1747, es decir, del Cañón de Fernández.

Como seguramente usted sabe, este sitio tan querido por los laguneros está hoy amenazado por el cambio de uso de suelo y por el comportamiento cada vez más errático y agresivo de quienes promueven su destrucción.Esta visita es también motivo para refugiarme en el fresco verano capitalino.

Para recorrer las calles que fueron de mi juventud y que ahora difícilmente reconozco, como irreconocible debo ser yo para ellas. La avenida Álvaro Obregón, por ejemplo, bulle de vida este viernes por la noche.

Claro, es viernes, sí, pero la calzada está ahora llena de restaurantes, librerías, tiendas de antigüedades, boutiques de diseñadores locales y cafés. Y bicis. Por todas partes bicis. Triciclos de carga con el pan recién hecho, fixies, Ecobicis, una que otra Brompton. Biclas, rilas, burras. Ágiles y lentas. Bicis con muchachas bonitas, barbas hipster y señores de faz adusta.

Más, muchos más ciclistas que los de la Álvaro Obregón que recuerdo en los setenta.Como no traía bici caminé ese rumbo norte de la Colonia Roma. Así visito la Casa Lamm, que tantas veces en el pasado reciente escuché como sitio de debates o presentaciones de libros pero que hoy descubro también como una escuela, galería, restaurant y jardín pacífico.

Un edificio de corte porfiriano exquisito, con pisos de duela y cristales esmerilados en cada puerta y ventana. Espacios amplios y equipados para dar cursos.

Adornos exteriores de fina cantera. Aún no sé que opinar de la nueva extensión: un cubo negro de cristal y metal que ocupa el corazón del predio. Salgo con la nota mental de visitarla pronto con calma y de aprender más de su historia y de sus exposiciones.

Cae la noche y aumenta el bullicio. Me topo dos o tres rincones donde se antoja detenerse a cenar o tomar un café. El “Jamón, Jamón” con su fideuá en la carta, o el “Delirio” y su posmodernidad retro. Una caminata que me hizo recordar la ciudad que fue y lo que es. Pero también, por supuesto, lo que fui y lo que soy.


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