Bajando

Como habitante del alto Desierto Chihuahuense tiendo a moverme por el altiplano. Estos movimientos, cuando se hacen a ojo abierto, permiten admirar las sutiles o enormes diferencias entre la aridez de La Laguna y la aridez del Valle de Bucareli, en Querétaro. Entre los pirules de Saltillo y los de Pachuca. Entre el desierto potosino y los llanos de Durango.A veces uno se sale del corral montañoso que delimita al altiplano y las diferencias de sutiles se tornan abruptas. Recientemente tuve que ir a Mazatlán por cuestiones de trabajo. Antes de que pueda usted decir “sí, como no” le aclaro que los destinos de playa en México no me apetecen especialmente. La destrucción que esparce este modelo prohijado -padroteado- por el gobierno es para arrancarle las lágrimas al mínimamente enterado. Sectur y Fonatur se han dedicado a fomentar la ruina de los ecosistemas costeros. Como el turista de playa quiere -el turista ignorante y burdo, por lo menos- es playa al pie de la puerta de su habitación de hotel. Si para ello han de desecarse esteros, deforestarse manglares y pisotearse milenarios sitios de anidación de las tortugas marinas, que así sea. Ya. Ahí está. Lo dije. No me gustan los destinos de playa. Así que fui a Mazatlán de trabajo con la ilusión de poder visitar apenas el Estero del Yugo, un parquecito esturarino que aún sobrevive en medio de los grandes desarrollos inmobiliarios para educación y el deleite de quien le guarde un poquito de amor a su planeta.Ir a Mazatlán es salirse del Altiplano. Sube uno las montañas de la Sierra Madre Occidental y encuentra un mundo diferente. Un suelo que sube a las cimas y que baja a las cañadas. Una superficie de arrugas kilométricas en todos los sentidos. También un mundo con más lluvia, más vegetación y, por lo tanto, con una vida más abigarrada, más intensa y más diversa. Saliendo de la ciudad de Durango ve uno encinos, nopales y táscates, luego hacen su aparición los pinos entreverados con aquellos, luego los pinos empiezan a dominar hasta irle cediendo terreno a los cedros y oyameles, habitantes de las alturas más frías. Bajar a la planicie costera es hacer el viaje inverso botánicamente pero rematando con una vegetación con la exuberancia veraniega del bosque espinoso tropical.Ahora mismo me encuentro en otro viaje del Altiplano hacia la costa, por motivos mitad trabajo mitad paseo. Mi viaje me lleva del alto Valle de México a la planicie del golfo, un viaje inédito para mí. Pasando Tulancingo, a medida que uno desciende, el bosque empieza a cambiar. Primero las coníferas empiezan a admitir entre ellas a unos pocos árboles de hojas anchas. Luego esas coníferas se vuelven más escasas y los demás árboles empiezan a mostrar un abrigo de bromelias y musgos y lianas. Todavía de ven pinos pero el aspecto del paisaje es más tropical. La aparición de la niebla me confirma que estamos pasando por la maravillosa transición del bosque nuboso, llamado técnicamente bosque mesófilo de montaña, un ecosistema biodiverso como pocos sobre la tierra. También un ecosistema en grave peligro. Ahí donde la humedad que entra de la costa, pega con las montañas, se eleva y se condensa en niebla se dan unas condiciones de gran estabilidad climática que conduce al florecimiento de la vida en su máxima expresión. Bromelias que crecen sobre las ramas de un encino y que acumulan agua en su roseta donde nadan renacuajos. Mundos anidados dentro de otros mundos, como muñecas rusas. Luego, a cotas más bajas, aparece la vegetación tropical y la agricultura propia de las planicies costeras. Palmas, platanares, huertas de limón. Un mundo rico y diverso a los ojos de un habitante del desierto, pero indudablemente mucho menos que el bosque nuboso que acabamos de dejar atrás y arriba. Ojalá y hubiera habido espacio para hablarles de esta primera parada, en Papantla, un pueblo precioso, con un paisaje humano radicalmente diferente al del altiplano. Un pueblo con un gran potencial turístico dada su cercanía a la ciudad sagrada del Tajín. Pero un pueblo echado a perder por dos inventos: el automóvil y el megáfono. Dos inventos satánicos que ahogan su vida cívica y que abruman al turista. 


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