Siete puntos

“Voz que clama en el desierto...

1. ... así me siento, Señor, cada vez más. Y disculpa mi soberbia si me apropio de la frase que Juan el Bautista pronuncia –en Juan 1, 23– retomando a Isaías 40, 3-8. ¡Pero nadie me hace caso! ¡Me estoy cansando! Ahora entiendo por qué mi predecesor Joseph renunció. Es imposible convencer a los que me rodean del cambio que quiero para tu Iglesia, el que me indicaste cuando, movido por tu Espíritu, escogí el nombre del santo de Asís para conducir la barca de Pedro. Me exigiste una revolución y acepté llevarla a cabo...

2. ... pero creo que no voy a poder, lo cual me enoja. Y no es que se me suba la prepotencia que, dicen y mienten quienes lo hacen, nos distingue a los argentinos. No. Te recuerdo que hace 12 años, cuando mis hermanos cardenales eligieron a Joseph, la carrera final estaba entre él y yo. Renuncié para agilizar el proceso y que fuera él el escogido. Me mostré humilde, ¿verdad? En esta ocasión ya no pude negarme y, claro, confiando en tu asistencia y asesoría, pensé que sí podría con la misión que me estabas encomendando.

3. Pero es más difícil de lo que imaginé. Para empezar, los que tengo cerca son mis principales enemigos. Es cierto que me he rodeado de amigos y gente decente. Pero los que trabajan en la Curia desde hace décadas no dejan de hacerme la vida imposible. Se la pasan criticándome, apoyados por jerarcas conservadores, sobre todo de Europa y los EUA, y hasta lo hacen en público, cosa a la que jamás se atrevieron con mis predecesores. Sería muy fácil emitir decretos autoritarios para impulsar los cambios que quiero ...

4. ... que me pediste, pero no creo que sea la mejor estrategia. A veces siento encontrar más eco fuera de la Iglesia que dentro de ella. Aunque no quiero dejarme influenciar por las alabanzas, mis asesores traen, de vez en cuando, notas que hablan sobre mi popularidad en el mundo entero, de la frescura que he traído a la imagen papal, del nuevo estilo de pastoreo que, afirman, se nota más cercano a la gente, más cálido, menos protocolario. Me entiendo bien con los líderes de todo el mundo... menos con el güero gringo que recibí antier.

5. Sabes que la diplomacia no es lo mío. Pero, cuando quiero, hago mi esfuerzo y puedo ser hasta encantador –disculpa el arrebato arrogante–. Como cuando recibí a Obama. Platicamos más de una hora y las cámaras captaron nuestras carcajadas. Pero con éste no pude despistar mi molestia, y se notó. ¿Ya viste las fotos? Lo recibí en menos de media hora porque no podía ser descortés, y me interesa mantener buenas relaciones con los católicos gringos que votaron por él. Pero desde que lo vi, con su sonrisita, se me revolvió el estómago.

6. Le dije que trabajara por la paz y, algo que nadie escuchó, solo el traductor, que tuviera mucho cuidado con desatar otra guerra mundial. Le reclamé su actitud hostil hacia los migrantes, en especial con los mexicanos, y volvía a sonreír. Le advertí sobre sus círculos conservadores, de los que han surgido ataques en mi contra. Otra risita. Pero: ¿habrá servido de algo mi mensaje? ¿Leerá los textos que le regalé? ¿Influirán en él? Creo que no. Por ello me siento así, Señor, con ganas de ya renunciar. Sostenme, por favor".

7. Cierre ciclónico. Juan Antonio Rivera Zamora estaba a punto de cumplir 65 años de edad y 25 de presbítero. Contra todos los pronósticos, pues no tenía sobrepeso ni enfermedad conocida, y le encantaba escalar montañas y respirar aire fresco, murió el pasado domingo de un infarto, al terminar la carrera de la Diócesis. Nunca lo vi triste o enojado. Por el contrario. Siempre feliz, con deseos de volverse a ir de misionero. Entregado al cien por ciento a su parroquia, al proyecto de Dios. Hermano y amigo a la vez. Ya descansa en paz.

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