Siete puntos

¿Cómo reaccionarán los conservadores?

1. Roma, Italia. De visita en la ciudad eterna, me asombra el poco impacto mediático que está teniendo el Sínodo de las Familias. En las calles brilla por su ausencia alguna referencia a la magna reunión que, durante tres semanas, ha debatido sobre el futuro tratamiento de la Iglesia católica a las familias. Es explicable porque, salvo algunas referencias aisladas y perdidas en la prensa internacional, el encuentro ha pasado poco menos que inadvertido. ¿La razón? Han faltado noticias espectaculares. Por ello ha tenido que surgir la supuesta enfermedad del Papa, para saciar el hambre de morbo.

2. Pero, platicando con dos obispos que participan en el sínodo, me comentan que si alguna impresión proyecta el Papa es la de gozar de muy buena salud. Platican que, en el primer día de sesiones, varios cardenales le dijeron a Francisco que no estaban de acuerdo con el método y la designación de las comisiones. Al más puro estilo jesuita, Bergoglio confirmó los trabajos realizados, zanjando la discusión. La supuesta carta que le enviaron algunos purpurados, de existir, tendría sólo como objetivo manifestar en público lo que ya le habían dicho en la reunión privada.

3. Coinciden mis interlocutores, presentes en todas las discusiones sinodales, en que el clima del sínodo se ha distinguido por dos cosas: una notable apertura a comprender de una manera más cálida el problema de los divorciados vueltos a casar, con obvias diferencias en la forma de emprender este acercamiento, y un generalizado rechazo a lo que llamaríamos el asunto homosexual. Hay participantes que, inclusive, se oponen a la mención misma de la palabra. Es notable la diferencia de enfoque, y los psicólogos ya analizarán, de seguro, esta aparente repulsión.

4. Lo cierto es que, en el tema de divorciados con nuevas experiencias maritales, la comprensión para sus difíciles situaciones ya no tiene marcha atrás. Impactó sobremanera, en el aula del sínodo, el testimonio de un obispo, mexicano por cierto, quien contó la conocida anécdota del niño hijo de padres divorciados vueltos a casar que, al recibir la primera comunión, de regreso a la banca del templo que ocupaba con su familia, sacó la hostia consagrada de su boca, todavía sin disolver, la partió a la mitad, y ofreció a su papá y a su mamá una parte de lo recibido.

5. No hay marcha atrás, entonces. Lo que, sin embargo, me llama la atención, es la hostil reacción de los sinodales conservadores, que no sólo se oponen a una visión de la realidad que comparten muchos de sus hermanos, sino al Papa mismo. No recuerdo que, en tiempos de Juan Pablo II y Benedicto XVI, tildados de conservadores, se diera el caso de que un grupo de cardenales liberales, más aún, ni siquiera uno solo, haya ventilado en público sus diferencias con el sucesor de Pedro. Paradoja: pareciera que los liberales... ¡son más obedientes que los conservadores!

6. Y pues sí. Uno de los obispos con los que converso confirma lo anterior, y manifiesta su temor. Si se llegase a imponer el criterio conservador, de seguro obispos alemanes y muchos latinoamericanos, que apuestan por una mayor comprensión en estos delicados temas, aceptarían con obediencia lo definido en el sínodo. Si, por el contrario —y aunque es poco probable—, triunfase el sector más liberal, los conservadores protestarían de tal forma que se pondría en riesgo la unidad de la Iglesia. Esperaremos el documento conclusivo para conocer el desenlace.

7. 'Cierre ciclónico'. Encuentro en la Universidad Gregoriana a un antiguo amigo, hoy profesor de ciencias sociales. Me comparte su ilusión: ganar la próxima elección para alcalde de Roma. Sostiene que seguirá el método de los candidatos independientes mexicanos —hasta acá han llegado sus hazañas—: obviamente, abandonar su partido, al que pertenece desde hace muchos años pero que ya no lo toma en cuenta, utilizar las redes sociales al máximo, en vez de los medios de comunicación tradicionales, pero, sobre todo, no prometer en campaña cosas que no podrá cumplir. Auguri, le digo. 


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