Siete puntos

Fátima y la guerra

1. Hay conflictos en los que puedo intervenir para intentar una solución, y otros en que no me es posible. Si dos niños, por ejemplo, se están dando de golpes, puedo detenerlos para que no se hagan daño. Pero si los que se pelean son más grandes, más fuertes o más diestros que yo, difícilmente una intervención mía podrá ayudar a su solución. Si a Trump se le ocurre iniciar una guerra contra Corea del Norte, que cada vez es menos improbable, ¿qué puedo hacer para impedir esa locura? Quizá lo único a mi alcance será rezar.

2. En este horizonte habrá que situar la reciente visita del papa Francisco al santuario de Fátima, en Portugal, y la canonización de dos de los videntes que sostuvieron encontrarse con la Virgen. Hace 100 años, tres pastorcillos portugueses afirmaron haber hablado y visto a María. Era una época en la que Europa sufría los estragos de la Primera Guerra Mundial, el final de algunos imperios –Rusia, Austria, Turquía, entre otros– y el terror de epidemias como la influenza española, que mató a 50 millones de personas en todo el mundo.

3. Ante el espectro de la guerra, y de la muerte que siempre la acompaña, las apariciones de Fátima representaban la posibilidad de la paz, del remedio a la enfermedad, de la convivencia pacífica en una Europa devastada. Es cierto que sus famosos secretos, entre ellos el de la conversión de la entonces Unión Soviética, han sido capitalizados por los enemigos políticos del sistema que ella albergó. También lo es el que su santuario, como la mayoría, proyecta una imagen de comercialización no propia de un templo.

4. Sin embargo, y no obstante que Fátima no alcanza a congregar a las multitudes que convoca Guadalupe, con motivo de su centenario se ha hecho un gran esfuerzo de evangelización, para purificar la tradición de cualquier apreciación mágica que pudiera provocar, y valorar todo aquello a lo que invita. Así lo afirma el historiador y experto en Fátima Carlos Moreira de Azevedo. Sí. Puede haber en los peregrinos mucha superstición, pero también una gran dosis de espiritualidad y búsqueda honesta de paz interior.

5. Desde hace años el santuario realiza trabajos evangelizadores que buscan partir de la base religiosa, natural en los peregrinos, para ayudarlos en la maduración de su fe, para que llegue a ser evangélica, y que impacte en la vida toda. De la misma manera, hay conciencia de la comercialización que se da en los alrededores del sitio, lo cual es imposible de detener por la cultura consumista-religiosa que permea en casi todos los creyentes. De cualquier modo, prevalece la sensación de que estamos ante un sitio tranquilizador.

6. Y es que Fátima atrae, continúa el especialista, porque es un lugar que convoca a la paz. Para vivirla, digo yo, y para pedirla, en un mundo que vive el riesgo de un devastador conflicto a escala intercontinental. Por eso fue Francisco. Para cargar energías de cara a su próximo encuentro con Trump, y para pedirle a la Virgen luz, imaginación, astucia, capaces de convencer al hombre que tiene en sus manos los arsenales nucleares de no utilizar esas armas. Ojalá y Fátima ayude a impedir lo que se ve tan próximo: una nueva guerra.

7. Cierre ciclónico. La PGR tiene una Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión. Cero resultados. Cada vez más periodistas muertos. De hecho, ahora hay más que antes de su creación. Ojalá y no se les ocurra a las autoridades generar nuevas fiscalías –para impedir la violencia intrafamiliar, la homofobia, el bullying en las escuelas, el maltrato a migrantes, los despidos laborales injustificados, etcétera–. Mejor no. No sea que, como ha ocurrido, aumenten los delitos que, se supone, quieren combatir.

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