Siete puntos

Recalentar la Navidad

1.Pasada la cena navideña, como colofón de las así llamadas posadas –más bien reuniones decembrinas–, una suerte de tenue malestar se aloja en el interior de muchas personas. Así lo reportan algunas amistades. Y no me refiero a las consecuencias físicas de los excesos alimenticios y etílicos cometidos en esos días, con las obvias desveladas. Estamos tan acostumbrados a asociar la fiesta con el consumo de antojos y alcohol, que estas fechas resultan muy propicias para caer en la tentación. Pero no, no hablo de esas crudas.

2. La desazón es, más bien, existencial. Y es que junto al calorcito sabroso que sentimos al refugiarnos en la casa amiga, al abrazar a quien queremos, al entonar cantos navideños que a fuerza de repetirlos año tras año los hemos memorizado, al reencontrar a viejos conocidos y al abrir regalos, costosos o no pero que son muestra de cariño o incluso compromiso, aparecen elementos que, para muchas personas, representan una carga negativa, al hacer un recuento de las enfermedades surgidas en este año que se acaba…

3. … al repasar los desencuentros que tuvimos con familiares y amigos, y los duelos grandes o pequeños, como la pérdida del trabajo o de un ser querido. Pero, sobre todo, muchas personas enfrentan la obligación de ser-felices-en-la-Navidad, de participar en cenas familiares que no disfrutan, en intercambiar regalos con compañeros de trabajo que no estiman, en tener que arreglar su casa con adornos reciclados durante años. Amargosas, sienten un gran fingimiento, mucha hipocresía, en la algarabía propia de estas fechas.

4. Es por ello que en no pocas casas, más de las que yo imaginé, no sólo brilló por su ausencia el pino navideño, sino que los mínimos adornos de temporada que se colocaron –el mantel de la mesa, la lucecita en la puerta, la nochebuena artificial– fueron retirados en las primeras horas del 25. Una especie de purificación ritual que exigía de inmediato la rutina de la normalidad, el olvido de los villancicos y los fuegos artificiales que en vez de alegrar molestaban, la vuelta al pesimismo que ve nubarrones en vez de la luz del sol.

5. Pero, y si es cierta la manida frase “lo que importa no es lo que te sucede sino cómo reaccionas ante lo que te sucede”, estamos ante la oportunidad de aprovechar estas fechas, paradigmáticas o no, para disfrutar de su pleno significado. Porque ¿quién nos dijo que la Navidad debía ser ruido y alboroto, obsequios obligados y oportunidad para enfrentar viejas rencillas? ¿De dónde sacamos que en estos días debemos embotarnos y perder el sentido? ¿Quién escribió que la última semana del año estará dedicada a las prisas y el acelere?

6. Combatamos la resaca navideña con una buena dosis de recalentados, pero no de tamales, pavo, relleno o bacalao. Recalentemos nuestras relaciones personales, enfriadas por el tiempo y la distancia; nuestras familias, necesitadas del calor de nuestra presencia y apoyo; nuestro trabajo, apático y displicente por la rutina diaria; nuestro barrio o colonia, insensible a las necesidades de los vecinos; nuestro país, temeroso del futuro. Recalentémonos nosotros, para recuperar nuestras motivaciones y sueños, nuestras utopías.

7. Cierre ciclónico. Este próximo domingo comienza el año 2017. Las perspectivas no son muy halagadoras, sobre todo en el terreno económico. Si la cuesta de enero siempre ha estado empinada, ésta parece estarlo aún más. Podemos acudir al valor de la austeridad como estrategia para superarla, pero también como propósito para convertirla en norma de vida. Me queda claro, cada vez más, que lo verdaderamente valioso de esta vida se encuentra en las personas, no en las cosas. Que sea un año lleno de amor… dado y recibido.

papacomeister@gmail.com