Siete puntos

Las mujeres en la Iglesia

1.Una amiga me comentó, al observar con atención a quienes presidían una misa —era una concelebración con muchos obispos y presbíteros—, las tres características que los distinguían: todos eran varones, viejos y célibes. No había mujeres, ni jóvenes ni matrimonios. La jerarquía de la Iglesia católica tiene esa composición. No nos detengamos, por esta ocasión, en las ventajas que reportaría a una institución, que acaba de tener su Sínodo sobre las familias, el incorporar a más matrimonios a sus puestos directivos.

2. Tampoco nos centremos en analizar lo que significaría rejuvenecer las filas de la dirigencia eclesiástica. Sus máximos exponentes, el Papa y los cardenales, rondan los 70 años, y aunque esa edad garantiza experiencia y serenidad a la hora de decidir, también denota alejamiento de un mundo cada vez más gobernado por jóvenes. Veamos, por hoy, el papel que las mujeres están jugando en la Iglesia católica, inquietud que surge en momentos en los que ellas son cada vez más protagónicas en el mundo de la economía y la política.

3. En la reunión de los obispos latinoamericanos realizada en Aparecida, Brasil, en el 2007, nos invitaron nuestros pastores a: "Garantizar la efectiva presencia de la mujer en los ministerios que en la Iglesia son confiados a los laicos, así como también en las instancias de planificación y decisión pastoral, valorando su aporte"(#458b). Nuestros obispos reconocen tácitamente, con esa afirmación, que no siempre se ha dado un trato equitativo a varones y mujeres a la hora de integrar organismos de planeación y de decisión.

4. Y es que mientras ellas son sumamente requeridas para el trabajo duro —¡cuántos templos se han levantado gracias a las enchiladas y flautas cocinadas por las mujeres en las kermeses y fiestas patronales!—, y en casi todas las parroquias son las responsables de la catequesis, la liturgia y la pastoral social, no se les toma en cuenta a la hora de programar las tareas pastorales, de elaborar los planes estratégicos y no se les requiere al momento de tomar decisiones importantes para la marcha pastoral de nuestras comunidades.

5. Por otra parte, y quizá de acuerdo a nuestra cultura latinoamericana, las mujeres son las que pueblan nuestros eventos litúrgicos. Si los varones, por ejemplo, deciden no ir a misa el domingo, creo que no pasará algo extraordinario y la celebración se realizará de todas maneras. Si, en cambio, ellas deciden abstenerse, no sólo bajará el número de los asistentes de manera considerable, sino que el mismo protocolo litúrgico —apoyo en el servicio del altar, moniciones, coros, lecturas, arreglo del templo, etc.— se vería muy afectado.

6. El pasado domingo 24 de abril, en 27 ciudades del país se realizaron marchas de mujeres con la consigna ¡Vivas nos queremos! Las manifestaciones protestaban contra la violencia machista, los estereotipos sexistas, la misoginia, el favoritismo judicial hacia los varones en los procesos penales, los acosos sexuales en los trabajos, y demás agresiones de género que sufren las mujeres a lo largo de todo México. No esperemos a que las católicas mexicanas hagan una marcha semejante para protestar por su no inclusión en la Iglesia.

7. Cierre ciclónico. En pocas ocasiones coincido con el presidente Peña Nieto. Hoy suscribo lo que acaba de decir: hay en el país un mal humor social. En efecto. Estoy malhumorado porque el Senado no quiere aprobar las siete leyes que darán vida al Sistema Nacional Anticorrupción; malhumorado porque el PRIAN sigue haciendo de las suyas en Nuevo León; malhumorado porque Monterrey tiene más baches que la Luna; malhumorado porque seguimos sin hacerle caso al papa Francisco. Tiene razón Peña Nieto: estoy de malas.


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