Siete puntos

El que se enoja pierde...

1. ... reza el adagio popular, previniendo que la mejor forma de encarar un problema no es a través de la molestia y el encono, sino con prudencia y sensatez. Sin embargo, el enojo forma parte fundamental de nuestra esencia humana, y hasta el mismo Jesucristo lo experimentó. Claro. Se molestó con los vendedores que habían convertido la casa de su Padre Dios en un mercado, y nos parece una razón justa. El que los haya expulsado a latigazos, de acuerdo a la narración de los cuatro evangelios, no resulta tan sensato.

2. Pero veamos. Enojarse por las injusticias que a diario se cometen, por la prepotencia de las personas que se creen más importantes que otras, por la impunidad de la que disfrutan muchos personajes de la vida pública, por observar la creciente contaminación ambiental, por los impuestos que debemos pagar y cuya utilización en beneficio de la sociedad no nos queda clara, por el abuso de menores, la trata de personas, las faltas de respeto a los ancianos, los fraudes electorales, etcétera, son situaciones que vuelven comprensible nuestra irritación.

3. Existen también eventos que no encontrarían la misma justificación. Enojarme, por ejemplo, con quien le da un raspón a mi auto de lujo, o con el que no arranca su automóvil cuando se pone el verde del semáforo; recibir de malas a quien llega tarde a una cita, o llamar la atención de forma casi grosera a quien se equivoca; gritarle insultos al que me da un cerrón en la calle, o a los fanáticos del equipo rival, son reacciones exageradas en proporción a la acción sufrida. Pero, a fin de cuentas, nos enojamos porque las cosas no son...

4. ... como nosotros queremos que sean, porque la realidad que imaginamos, que construimos, no coincide con la que aparece frente a nuestros ojos. Hay papás que se enojan con sus hijos porque no siguen los planes trazados para ellos. ¿Cuántas parejas se pelean porque él quiere una cosa y ella otra? La convivencia humana exige comprensión a la diversidad –de opiniones, de inclinaciones, de preferencias, de opciones–, tolerancia y mucho respeto. Entender que las cosas no siempre serán como yo quiero que sean.

5. Más delicado me parece cuando ese enojo no lo podemos controlar, y nos lleva a la violencia. Lo sucedido en la Copa de Europa de Futbol –con muchos lesionados– y en el bar gay de Orlando –con muchos muertos– es una muestra clara del instinto agresivo que no se puede canalizar. Especialmente en el asesinato de las personas homosexuales. Parece que el demente enloqueció cuando vio a dos varones besarse. Fue tanto su coraje –¿contra ellos o contra él mismo que frecuentaba ese sitio?– que optó por matar a 50 personas.

6. La comunidad internacional se lamentó por la masacre, incluidas las organizaciones que están en contra del matrimonio entre homosexuales. Qué bueno. Ojalá todos recordemos que nuestros chistes en contra de esas personas, y nuestros comentarios homofóbicos, le restan calidad al debate sobre un tema que es muy importante, muy profundo. Ojalá recordemos, como sostiene el refrán, que quien se enoja pierde. Pierde dignidad personal y, sobre todo, pierde la oportunidad de mostrarse como un verdadero ser humano.

7. Cierre ciclónico. Conozco a varias adolescentes que, influidas en demasía por las exigencias de la moda en turno, se han convertido en anoréxicas. Evitan el alimento por temor a engordar, a que no les quede la ropa, a fin de cuentas, a no ser aceptadas. Algunas de ellas se ven tan delgadas que parecen enfermas ambulantes, y me dicen sus jóvenes amigos que no les resultan atractivas. Pues hoy ya tienen compañeras del mismo infortunio. Resulta que a las gorditas tampoco nadie las quiere, según nuestra máxima autoridad estatal.

papacomeister@gmail.com