Siete puntos

¿Guadalupanos?

1. ¿Qué motivó a los millones de fieles –algunos reportes hablan de seis– a visitar la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, el pasado fin de semana? ¿Por qué las innumerables dudas que han surgido en torno a sus apariciones y, más recientemente, sobre la existencia histórica de Juan Diego, en vez de disminuir ese fervor lo han incrementado? ¿Qué sigue teniendo esta devoción, convertida ya en un fenómeno cultural que ha rebasado las fronteras de nuestro país, para que arrastre de esta manera a tanta gente?

2. Si la pregunta se la hacemos a pensadores del siglo XIX, como Feuerbach, Marx y Freud, nos responderán con rapidez que es el reflejo de la opresión –económica, política, afectiva, de salud, etcétera– que sufren esas personas, y que buscan asirse a una fuerza superior para tranquilizar su dolor. Opio del pueblo, la Guadalupana acoge a los sufrientes para darles un momento de alivio a sus penas, para mitigar sus angustias. La droga religiosa, necesaria para paliar la aflicción: ¿tiene algún elemento recuperador, motivador para la acción?

3. Si este necesario refugio se queda en una huida de nuestros problemas reales, y acudimos a la Virgen para escapar de nuestras responsabilidades, la tesis de aquellos pensadores se cumplirá a cabalidad. Si, por el contrario, cobijarnos bajo el manto protector de Guadalupe nos da la fuerza y el ánimo para seguir adelante, si nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas, si nos da la energía que necesitamos para emprender nuevos proyectos, entonces sí valdrá la pena el descanso que ella nos otorga, el ligero respiro que nos alivia.

4. Además, la predicción de Marx y compañía no se ha visto reflejada en muchas personas. Sobran ejemplos de quien, sin tener un dolor evidente que tranquilizar, acude a la herramienta religiosa para comunicarse con su divinidad, para agradecerle sus bendiciones, para iniciar caminos de purificación que le conviertan en un mejor ser humano, para comprometerse a seguir el ejemplo de quien adora o venera. Estaríamos ante una propuesta dinámica y propositiva, en ocasiones hasta revolucionaria, de la práctica religiosa.

5. Pero hay otro elemento que puede justificar nuestra búsqueda de consuelo en la Morenita del Tepeyac: su imitación. En efecto. Más allá del dato histórico de sus apariciones, o de la existencia confirmada de Juan Diego, lo que está detrás del evento guadalupano es la preferencia de Dios por los más pobres, en especial los indígenas. Tal manifestación divina concuerda con el mensaje bíblico, resaltado en el año de la misericordia que acabamos de celebrar, y que está plagado de intervenciones semejantes en favor de los débiles y vulnerables.

6. Si queremos entonces ostentarnos como guadalupanos, no sólo de nombre, tendríamos que seguir el ejemplo de Guadalupe. No será suficiente el haber asistido, inclusive en peregrinación, a visitar sus santuarios. Tampoco el conservarla en los profundo de nuestros corazones como lo más preciado que tenemos los mexicanos. Necesitamos asumir el compromiso que ella nos enseñó y, de una manera u otra, incluir en nuestros proyectos el ayudar a los demás, en especial a los más necesitados. Sólo así seremos verdaderos guadalupanos.

7. Cierre ciclónico. Hoy inician formalmente las posadas, en recuerdo del peregrinaje que María y José hicieron desde Nazaret hasta Belén –iban a Jerusalén–, en donde nació Jesús. Es mucho pedir el que en medio de las fiestas de estos días organicemos como se debe una posada: con cantos, peticiones, oraciones, etcétera. Pero quizá sí podamos reservar un momento, sobre todo en las reuniones familiares, para intentar una breve reflexión. Sobre el grito y la embriaguez, un poco de silencio y sobriedad nos haría mucho
bien.

papacomeister@gmail.com