Siete puntos

Francisco: un liderazgo diferente

Hay un aspecto que quiero resaltar: la capacidad de Francisco para reconocer sus propios errores, sus miedos y cobardías, y para señalar esos mismos aspectos en su círculo más íntimo.

1. El pasado 13 de marzo cumplió el papa Francisco dos años al frente de la Iglesia católica (IC). La fecha fue impactada por el final de la Cuaresma y con la Semana Santa ya en puerta. Conviene retomarla para reflexionar en torno al rumbo de este pontificado, ahora ya claro, pues no estamos ante las sorpresas iniciales del primer año. En sus comienzos como sucesor de Pedro, Francisco llamó la atención por su estilo inusual, muy contrastado con el de Benedicto XVI. Del teólogo académico pasamos al pastor de barrio.

2. Ya no nos sorprende el que se muestre misericordioso, incluyente con los clásicos marginados de la IC en los últimos años: homosexuales, divorciados vueltos a casar, etc. No asombra su cercanía con la gente, en especial la más pobre, ni su misericordia cotidiana ante las personas en situación de calle que rodean al Vaticano. Ha dejado de llamar la atención, para convertirse en algo habitual, su austera forma de vida, su genuino interés por disfrutar de manera personal y enfática la pobreza evangélica.

3. Todos estos elementos, aderezados con frases ya célebres, fueron mencionados con motivo de su segundo aniversario. Me parece, sin embargo, que existe uno no suficientemente valorado: el liderazgo autocrítico del Papa. Es cierto que la opinión pública internacional lo ha recibido de forma entusiasta, colocándolo como uno de los principales CEO en el mundo. También que ha ocupado las primeras páginas de revistas como Rolling Stone, Vanity Fair, Time  y Life, que no se distinguen por exaltar a líderes religiosos.

4. Pero hay un aspecto de ese liderazgo que quiero resaltar: la capacidad de Francisco para reconocer sus propios errores, sus miedos y cobardías, y para señalar esos mismos aspectos en su gente cercana, su círculo más íntimo. El Papa ha resaltado, en no pocas ocasiones, sus debilidades, propias de cualquier persona. Se ha confesado cobarde frente al dolor, propenso a la impaciencia y al activismo. Sus mensajes, en especial los improvisados, son arriesgados, y en ocasiones debe disculparse de ellos o aclararlos.

5. Este reconocimiento de las propias áreas de oportunidad —como le llaman ahora en los cursos de superación personal y grupal a nuestras sombras— ha originado la desaprobación de quienes sostienen que el líder nunca debe reconocer sus defectos, pues ello le resta autoridad. Los que así piensan, atados a esquemas institucionales, afirman que los detentadores de puestos directivos deben proyectar una imagen de solidez, fortaleza, reciedumbre y que aceptar las propias deficiencias les coloca en una situación difícil…

6. …ante sus subordinados, pues les envía el mensaje de que el líder es como ellos, y no superior a ellos. De acuerdo a esta tesis, quien dirige, coordina o facilita una organización —la palabra NO es lo de menos— debe mantener una prudente distancia con quienes colabora, para dejar bien claro que las distancias se mantienen, que son importantes, que marcan diferencias. La autoridad se finca en la diversidad, que adquiere rostros de superioridad en el jefe —que no líder— y de inferioridad en sus súbditos —que no colaboradores—.

7. Francisco de Roma dice que no, y prefiere un liderazgo dialogante, incluyente, basado no en el gesto autoritario sino en la equidad y, sobre todo, en la autocrítica. Pregunta final: ¿cuántos presidentes de repúblicas, CEO de empresas y corporativos, dirigentes de instituciones privadas y públicas, gobernadores y alcaldes, obispos y párrocos, directores de escuelas y universidades, entrenadores de futbol, dueños de negocios, jefes de taller, padres-madres de familia, estamos dispuestos a asumir este tipo de liderazgo? 

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