Siete puntos

Fe cristiana y participación política

Quien se diga seguidor(a) de Jesucristo no puede desatenderse de lo que sucede a su alrededor.

1. La fe cristiana tiene dos clásicos enemigos, que atacan con especial vehemencia en estos tiempos electorales y agreden de manera permanente a la participación política de l@s cristian@s —no olvidemos que quienes pertenecen a la Iglesia católica también son cristian@s—: el individualismo y el reduccionismo. El primero rechaza cualquier dimensión comunitaria y establece con Dios una relación estrictamente vertical. El segundo circunscribe toda la fe sólo a la dimensión religiosa, llegando a considerar a las dos como sinónimas.

2. El individualismo no ve más allá de los propios intereses y, en términos religiosos, plantea toda su vida como un esfuerzo permanente para alcanzar la salvación… propia. No acepta el que ella también es un hecho comunitario —sin negar el aporte personal— y que la principal característica que debe definir a l@s seguidor@s de Jesucristo es la fraternidad. Como al individualismo no le interesan las demás personas, ni el bien común ni lo que suceda fuera de su universo cerrado, tampoco le preocupa la participación política.

3. El reduccionismo, por su parte, encasilla a la fe en la expresión religiosa, sacándola de las otras dimensiones que componen la vida humana: la económica, la familiar, la recreativa, la educativa y… la política. La fe se manifiesta, de acuerdo a esta tesis, asistiendo a misa, pero no practicando la justicia en los negocios; rezando el rosario, pero desentendiéndose de la educación que se imparte a l@s hij@s; colgándose medallitas, pero ignorando las responsabilidades cívicas, entre ellas la participación política.

4. Para fundamentar estas dos actitudes, con frecuencia se acude a un texto bíblico muy conocido: dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Una interpretación equivocada del pasaje colocaría a la fe y a la política en dos sitios no sólo diferentes, sino contradictorios. La primera se ocuparía de los asuntos celestiales, y la segunda de los terrenales; aquélla buscaría atender los problemas espirituales, y ésta los materiales; la fe navegaría en los mares de lo sagrado, mientras que la política sortearía las tormentas de lo profano.

5. La cita bíblica no quiere resaltar esta diferencia entre fe y política. Por el contrario, pues contiene una fuerte crítica para el poder político de aquel tiempo. La respuesta de Jesucristo a la pregunta: ¿es lícito pagar impuestos?, busca enfatizar que, si bien el César es dueño de la moneda —en ella aparece su imagen—, Dios es dueño y señor de todo el universo, en especial del ser humano, pues está creado a su imagen y semejanza. Además —y la conclusión marcó la hostilidad del Imperio romano contra Jesucristo— el César no es Dios.

6. La participación política, entonces, forma parte integral de la fe cristiana, pues ésta tiene que materializarse en la búsqueda del bien común, en la promoción de la justicia, en la atención a las personas más pobres, en el cuidado de la naturaleza. Quien se diga seguidor(a) de Jesucristo no puede desentenderse de lo que sucede a su alrededor, y necesita comprender que ayudar a l@s demás es también una forma de evangelización. Así las cosas, la participación política es un imperativo de la fe cristiana y no algo opcional.

7. De ahí que, si bien la participación referida no puede reducirse al hecho de votar, sí encuentra en ese ejercicio su expresión más notable e importante. El próximo 7 de junio tenemos una oportunidad para ejercer este derecho y este deber. Estamos llamados a votar de manera responsable, investigando las propuestas de l@s candidat@s y las plataformas de los partidos. A menos que decidamos no hacerlo, y aleguemos abstención de conciencia… Pero éste será tema para otros “Siete Puntos”.

papacomeister@gmail.com