NEFELIBATA

Por una vez, el toro gana

Para Goya, el toro representa al instinto, a las fuerzas oscuras de eso que hoy llamamos subconsciente. Y cuando estas fuerzas se desatan, los resultados son catastróficos. Lo cual es, no cabe ninguna duda, uno de los temas favoritos del genial pintor español.


En la imagen, el grabado n° 21 de la Tauromaquia, Goya rompe con las leyes de la armonía compositiva usuales en su tiempo: las gradas del lado izquierdo y el cielo están vacíos, y amontona todas las figuras en el extremo inferior derecho. Una composición desequilibrada según las normas de la Academia. Y sin embargo, al hacer que varios de los aterrorizados asistentes se precipiten hacia la izquierda  consigue que la acción se equilibre, completándose en la mente del espectador.


Además, al representar al enorme toro ya sereno, recortado contra el cielo y por encima de los enloquecidos asistentes de la plaza, portando en sus pitones –atravesado de parte a parte- al poder humano que pretendía martirizarlo hasta la muerte representado en el alcalde de la plaza, Goya le hizo un monumento al potente animal, en una de las cumbres de su obra gráfica.


Quienes gustan de las corridas esgrimen el paupérrimo argumento de que estas han inspirado muchas obras del arte universal. Pero parecen olvidar que, sin ir más lejos, la guerra también ha motivado un enorme número de películas, composiciones y pinturas de gran valía, sin que esto signifique que tales artistas estén a favor de ella, o que la guerra sea una actividad positiva.


Cuando se contemplan esta y otras imágenes de su Tauromaquia, con sus dosis de sangre y barbarie, y su desfile de toros, perros, mulas, caballos y hombres heridos y muertos, no queda duda de que Goya no se propuso representar lo pintoresco de las corridas, sino evidenciar la violencia, la muerte y la irracionalidad, es decir, los mismos aspectos subrayados en sus otros ciclos de grabados como los Caprichos y los Desastres de la Guerra.


El ciclo de la Tauromaquia termina con la muerte de Pepe Illo, famoso torero a quien Barbudo, el séptimo toro de una tarde de 1801 cornó y destripó ante la Reina y la plaza de Madrid abarrotada, lo que provocó la (temporal) prohibición de las corridas.


Aquí en México, Juárez prohibió las corridas. Porfirio Díaz levantó la prohibición aunque no las apreciaba, porque podía usar la popularidad del espectáculo para mantener atarantadas a las masas. Victoriano Huerta las disfrutaba perdido de borracho. Hoy, a unos cuantos días de que se han prohibido en Coahuila, hay gente que alega que se trató tan solo de una cortina de humo con turbias motivaciones políticas. Lo más seguro es que así sea. Pero lo cierto es que, por una vez al menos, se ha hecho lo correcto.


flaviobecerra@hotmail.com