NEFELIBATA

RETRATOS DE SATURNINO HERRÁN

El pasado 9 de julio se celebró el cumpleaños de Saturnino Herrán. Es de los pocos pintores y dibujantes cuyo conjunto de obra es patrimonio oficial de México. Su vida fue muy corta –falleció en 1918, apenas a los 31 años de edad- pero aun así, los diez años que duró su carrera profesional le bastó para dejar un trabajo cuya solidez ha resistido el paso del tiempo y que todavía sorprende por su gran calidad y significado.

Por sí misma, la edad no es garantía de nada en el arte: si Francisco de Goya hubiera muerto entre sus 30 y 40 años, lo más seguro es que su nombre sería uno menor en el santoral de la pintura española, ya que no universal, pues por esos años apenas estaba encontrándose como creador.

Y por otro lado tenemos el ejemplo de Egon Schiele, el vienés que falleció víctima de la influenza (gripe española, le decían entonces), dueño de un estilo maduro por completo apenas a los 28 años.

Aun así, treinta y un años es demasiado pronto, sobre todo al tener en cuenta que hoy día a esa edad muchos autores se autodenominan jóvenes creadores y muchas veces usan la etiqueta para justificar deficiencias del oficio.El cumpleaños de Saturnino Herrán sirve para volver a ver su trabajo y releer algunos documentos que contemporáneos suyos dejaron.

José Clemente Orozco habla de él con brevedad pero siempre en buenos términos en su mordaz Autobiografía. Ese es un texto que ha servido a muchos historiadores para basar sus investigaciones sobre cómo estaba estructurada la educación pictórica en la capital del país y, sobre todo, cuáles eran los puntos de vista oficiales sobre la función de lo artístico y de lo plástico en los años inmediatos a la revolución.Es bien sabido que Antonio Fabrés, pintor académico español, llegó a México por invitación de Justo Sierra para dirigir la Academia de Bellas Artes.

Orozco cuenta de una manera entusiasta como “los salones de clases nocturnas fueron reconstruidos por Fabrés, instalando muebles y enseres especiales, muy propios para el trabajo de los alumnos.

La iluminación eléctrica era perfecta y había la posibilidad de colocar un modelo vivo o de yeso en cualquier posición o iluminación por medio de ingeniosa maquinaria parecida a la del escenario de un teatro moderno.“Entre los discípulos predilectos del maestro Fabrés hay que mencionar a Saturnino Herrán, una verdadera promesa para la pintura mexicana y que hubiera llegado a ser un artista notable en el México de hoy”.

El panorama que Orozco pinta en su Autobiografía de la situación del coloniaje artístico en la primera década del Siglo XX es agudo: “Empezamos a sospechar que toda aquella situación colonial era solamente un truco de comerciantes internacionales”.  

Como gremio, todavía estudiantes, pudieron materializar su rebeldía. “Fue entonces –continúa Orozco- cuando los pintores se dieron cuenta cabal del país en donde vivían. Saturnino Herrán pintaba ya criollas que él conocía en lugar de manolas a la Zuloaga. El Doctor Atl se fue a vivir al Popocatépetl y yo me lancé a explorar los peores barrios de México. En todas las telas poco a poco, como una aurora, el paisaje mexicano y las formas y los colores que nos eran familiares. Primer paso, tímido todavía, hacia una liberación de la tiranía extranjera pero partiendo de una preparación a fondo y de un entrenamiento riguroso”.

Dotado de una extraordinaria capacidad para el dibujo, es bien sabido que aun siendo estudiante, le fue encomendada a Saturnino Herrán la clase de dibujo de figura humana en la Academia. Al terminar los estudios pudo trabajar ya como profesor y gozar de mejor salario.

Otro documento, “Saturnino Herrán, el gran maestro de otros tiempos”, fue escrito una treintena de años después de su fallecimiento, cuando apenas se estaba revalorando el trabajo de Saturnino Herrán, fue dejado por otro pintor muy olvidado ahora, Antonio Ruiz, “El Corsito”. Dicho texto fue publicado en el diario capitalino El Universal, el jueves 31 de marzo de 1949. 

El texto inicia situando el valor de su quehacer dibujístico : “Los dibujos de Herrán deberán perdurar tras un cristal en los museos de arte de México, como perduran los pasteles de los Greuze y de La Tour en los museos de Francia”.Más adelante, hace un cálido y anecdótico retrato del artista.

Pero más y mejor aún, El Corsito logra comunicar detalles de la técnica con que trabajaba el dibujo de carboncillo: “Alto, delgado y pálido, un poco encorvado, de tipo fino, pelo negro  brillante y lacio, de cejas amplias y negras, bigotito negro recortado arriba del labio, clava la mirada de sus ojillos oscuros profundos y maliciosos sobre el dibujo de un compañero que se esfuerza por representar el modelo sobre una hoja de papel romano gris adquirido en el ‘Nardo’, y tomando asiento en el lugar del alumno coloca el restirador sobre sus rodillas para observar el modelo con sus ojos entrecerrados, cotejando lo que está dibujado en el papel; con sus dedos amasa un poco de miga de pan que extrae de una cajita dorada que le extiende el alumno como si se tratara de un precioso cosmético que le ofreciera para el embellecimiento de su dibujo; empieza a sacar claros con su técnica del migajón y entretejiendo con sus dedos mágicamente el carbón y la miga empieza a tocar el dibujo, produciendo sorprendentes efectos que hacen cruzar con asombro nuestras miradas; enseguida redibuja lo que estaba modelando y empieza a transformar el dibujo progresivamente y en forma tal, que a los cuantos minutos era ya una perfección.

Levantándose del banquillo, con los ojos entrecerrados para observar el efecto, llenaba su cara de una sonrisita irónica que aumentaba su simpatía y devolviéndole los útiles al compañero corregido le decía: Ahora… ¡sígale!”.“Como era natural, el compañero despertaba de un sueño y a pesar de su mirada iluminada quedaba perplejo de ver cómo lo había hecho el maestro; seguir adelante era estropearlo; optando por hacerse guaje el resto de la clase y poner otro papel para empezar nuevamente a seguir haciéndose bolas, como le llamábamos al enredo de no saber cómo hacerlo.”“La clase de Herrán era la superior en dibujo: todos ambicionábamos llegar a ella, no propiamente por el atractivo que existe al dibujar la forma humana desnuda, sino porque sabíamos que este maestro era un gran estimulador del esfuerzo de sus alumnos”.



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