NEFELIBATA

RAFAEL Y LA FORNARINA

“Gorda y sin chichis”, dice la esbelta y guapa jovencita de 16 años cuando se le muestra a través de Internet una reproducción del cuadro La Fornarina, realizado por el pintor renacentista Rafael.

“Es lo peor que le puede pasar a una mujer”, dice y se ríe.La historia de Rafael Sanzio y su musa ha salido a relucir porque la jovencita cuenta que no hace mucho la han invitado a posar para un cuadro. “El señor que quería pintarme le dijo a mi mamá que le pondría mis ojos a una virgen”, dice no sin orgullo.

Por lo que ella cuenta luego, el cuadro no se realizó, al menos no con ella de modelo. Pero la plática sirve de pretexto para contar a la jovencita, aunque sea de manera superficial, la anécdota de Rafael y sus cuadros de vírgenes.

Es sabido que Rafael, quien junto con Leonardo y Miguel Ángel forma la tríada de pintores más famosa del Renacimiento y quizá de la historia del arte, tenía fama de enamoradizo y mujeriego; que solía ponerles a las vírgenes que se le encargaban los rostros de sus novias o amantes en turno. Aunque estuvo comprometido por años con la sobrina de un poderoso cardenal de la familia de los Medici, Rafael nunca contrajo matrimonio.

Ya en su periodo de madurez profesional, conoció a Margarita Luti, la hija de un panadero de Siena. Panadero en italiano se dice Fornaio, de ahí el mote de Fornarina, que significaría algo así como panaderita.

La hizo su amante, la llevó a vivir a su casa y, por supuesto, se prestó sus rasgos para ponerlos en los rostros de las vírgenes más famosas de su producción: La Madonna Sixtina y La Madonna de la Silla. Basta ver una sola vez ambos óleos para darse cuenta de inmediato que estamos ante retratos de la misma mujer.Existen además dos cuadros en donde sin ninguna duda podemos reconocer también a Margarita.

Uno es La Dama Velada, donde aparece vestida en ricas telas blancas y doradas. El otro se trata de la pintura que por tradición lleva el título de La Fornarina.Exquisitéses para eruditos e historiadores: de forma unánime los expertos coinciden en afirmar que las tres primeras obras enumeradas aquí son completamente autógrafas, es decir, realizadas sin ninguna colaboración.

Y que por el contrario, el cuadro donde ella aparece con los pechos desnudos y apenas una gasa transparente que cubre su abdomen, en apariencia el más privado de todos, fue realizado con una gran colaboración de los pintores que Rafael empleaba en su gran taller.

Por si fuera poco, siglos después, ya en pleno Clasicismo francés, la relación entre Rafael y La Fornarina despertó la fantasía de no pocos pintores. Ingres dedicó al menos tres óleos y numerosos dibujos al asunto.

Quién sabe que perverso placer encontraba Rafael Sanzio al saber que la ingenua feligresía, al rezarle a las imágenes de la virgen provistas por él en realidad adoraban a una mujer muy terrena, a su amante y concubina. “Se pasaba de pillo”, dice la jovencita.

Hay una razón que puede explicar el éxito de las vírgenes pintadas por Rafael: al irse radicalizando en Europa Central y en algunas partes de Italia los movimientos que cuestionaban la autoridad de la iglesia romana, esta se veía necesitada de representaciones más humanizadas de sus santos y deidades.

Hace unas décadas atrás que este proceso había comenzado y, al darse la Contrareforma, las imágenes ortodoxas perdieron por fuerza el hieratismo que prevaleció en la Edad Media. Estas vírgenes bastante humanizadas por Rafael, pese a la evidente búsqueda de monumentalidad que justifica su corpulencia, son ya un antecedente de la calidez que vendría en el barroco.

No hay duda de que los parámetros de belleza son distintos de una cultura a otra. Incluso en una misma sociedad no se mantienen estáticos con el correr de los años. Es difícil que a simple golpe de ojo un adolescente se identifique con los ideales estéticos propuestos por aquellos autores.

Hoy día los nombres de Rafael, Leonardo, Miguel Ángel y un agregado, Donatello, son más conocidos por los jóvenes y sus no muy informados padres como las cuatro Tortugas Ninja más que como artistas del Renacimiento italiano.

Como sea, La Fornarina, Margarita Luti, la hija de un panadero nacido en Siena, sigue siendo famosa luego de 500 años. Es la única gran musa relacionada de forma tan carnal y terrena a uno de aquellos artistas renacentistas del quattrocento italiano.“Pues eso sí: ¡las feas tienen suerte!,” concluye la agraciada jovencita. 



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